Franco y sus afectos, en uno de sus segundos cumpleaños surgidos del milagro de 2015.
Franco y su madre, poco tiempo después de la salvación que pudo ser desgracia.

Una historia para contar

Un milagro, en primera persona: "Hubiera sido injusto morirme así"

02/01/2023 | 13:30

Franco estuvo a centímetros de la muerte. Una bala casi le arrebató la vida a la salida de un boliche hace algunos años. Pero el recuerdo no lo entristece: todos los 31 de enero celebra con amigos y familia el milagro de estar vivo.

Redacción Cadena 3 Rosario

Agustín Dadamio

Es la madrugada del 31 de enero de 2015. Tres amigos salen de un boliche, envueltos en un clima festivo, para continuar la noche en otro lado. Observan una pelea, se acercan rápidamente a su auto para sacarlo de allí, y se produce un hecho que puede resumirse en una palabra: milagro. Uno de los bandos abre fuego y una bala pega en la espalda de uno de los jóvenes. El herido no lo sabe, pero acaba de pasar a centímetros de la muerte.

El protagonista del suceso es Franco, que en ese momento tenía 22 años y ahora tiene 29, o 7, porque desde que estuvo a punto de dejar este mundo, su familia y sus amigos le festejan un segundo cumpleaños. Una suerte de culto al milagro que lo retuvo en esta dimensión, de la que pudo marcharse de forma impensada y absurda, con una bala que jamás esperó encarnar.

El shock del momento caló hondo, pero no lo empujó a evadir los recuerdos de esos instantes casi fatídicos que llevará consigo toda la vida. Franco lo recuerda todo, y en una entrevista con Cadena 3 Rosario, se dispone a exteriorizarlo.

“Estábamos en Rumah, un boliche de zona norte, en la bajada Castagnino, frente al boliche Blue. Nos estábamos yendo temprano. Cuando salimos nos encontramos con una pelea de dos grupos. Se estaban peleando al lado de nuestro auto, entonces fuimos a correrlo y uno de los bandos nos asoció con los contrarios. Ahí empezaron a disparar”, rememora.

“Yo me fui contra una pared para alejarme del problema y uno se me acercó y me disparó. Por suerte pegó la bala en la pared y después me ingresó en la espalda, sino hubiese sido distinta la historia. Nunca esperás que alguien saque un arma. Me sorprendió”, expresa.

La sorpresa fue mayor aún cuando el ardor le cruzó la espina dorsal, puesto que jamás hubiera imaginado que a él, que acababa de bailar y compartir un par de tragos con amigos en una noche veraniega, le habían pegado un tiro.

Sentía como si me estuvieran quemando con un encendedor en la espalda. Después vi que me salía sangre. Mis amigos me decían que esté tranquilo. Ahí esperamos a mi papá. Llegó, me tocó la espalda y me dijo: ‘Tenés una bala adentro’”, resumió.

La bala no afectó su entereza. Franco acudió a la intuición para mover los brazos y las piernas y cerciorarse de que su vida no corría peligro. Luego apeló a su corazón para establecer un diálogo interno que nunca olvidará. “Estaba consciente y me dije: ‘Estamos en presencia de un milagro’”.

La odisea tuvo una próxima estación, que fue un día de internación en un sanatorio céntrico, donde los médicos se aseguraron de que el balazo no había hecho un daño mayor.

En pleno proceso de estabilización, Franco supo que la bala que tenía en su cuerpo había sido disparada por una pistola calibre 9 milímetros, la reglamentaria que utiliza la Policía. Pensó en su seguridad, quizá en la juventud que le dio la chance de vivir un poco más. Pero la realidad lo condujo nuevamente al pálpito, a la corazonada, al diálogo interno que aflora con la inconfundible fuerza de un recuerdo vivo.

“En el sanatorio me dijeron que si la bala iba dos milímetros más a la derecha o cinco centímetros más a la izquierda de la columna, quedaba cuadripléjico o muerto. Ahí dije nuevamente: ‘Esto es un milagro’. Quedé sin ningún inconveniente a futuro”, narra todavía sorprendido por la suerte, el destino o lo que sea que lo haya salvado de la muerte.

La vida antes y después del milagro

El 31 de enero de 2015 Franco estudiaba Abogacía y su rutina no escapaba a las actividades comunes que realiza un joven de 22 años: jugaba al fútbol todos los fines de semana y en sus tiempos libres disfrutaba con amigos.

Ahora, a cerca de cumplirse 8 años de la casi tragedia, reflexiona con crudeza. “Que injusto hubiera sido tener que morirme así”, se repite, y también asegura que tomó el suceso “para otro lado” y se dijo a sí mismo que “todo lo que venga de acá en adelante es un regalo”.

“Mi postura fue dejar de hacerme problema por cuestiones que no lo ameritan –afirma-. Capaz ante una pelea de pareja o familiar, pienso ‘me estoy preocupando por esto, cuando podría estar en un cajón, enterrado’”.

Y, en ese sentido, completa: “Siempre que tengo un problema lo comparo con lo que me pasó y me doy cuenta de que nos hacemos drama por cosas insignificantes. Pienso que qué bueno que me pasó a mí, lo vivo como positivo. Fue el destino. Morir habría sido una de las cosas más injustas”.

Franco entiende que desde que pasó lo que pasó, su familia y su entorno valoran más lo que sucede en el día a día. De todas maneras, no desea que el milagro se multiplique: “Me fortaleció, pero no me gustaría que me vuelva a pasar. Y ojalá no le pase a nadie. A veces tengo temor de que me vuelva a suceder”.

Desde ese caluroso sábado de enero, el círculo más querido de Franco se reúne a celebrar su nuevo cumpleaños. La fecha del milagro se suma a la que expresa su documento de identidad. La bala que no le partió la existencia sí le abrió en dos el calendario de la vida.

“Ahora tengo 7 años, a partir de eso. Todos los 31 nos acordamos y lo tomamos a modo de risa, pero al principio era muy chocante”, consigna sobre aquellos primeros encuentros en los que lágrimas y risas alternaban constantemente.

¿Y qué hace con una vivencia de esa magnitud? Despierta a los que puede. “Cuando a una persona le pasa algo así, le digo que mientras haya vida y salud, hay que valorarlo. Todo lo demás se puede solucionar. Lo que no tiene salida es la muerte”, cierra Franco a pocos días de su nuevo cumpleaños.

La torta, esta vez, tendrá ocho velas encima. Quizá alguna complicación altere el festejo, pero no importa demasiado: quién se tuteó con la muerte sabe que el mejor regalo de la vida es estar vivo.

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