Opinión
05/09/2018 | 10:31 |
Una empresa alemana, Kostack Studio, simuló el desplome de la estructura con una reproducción a escala.
Adrián Simioni
Qué muchacho tan simpático el tal Pablo Iglesias, líder de los populistas progres españoles nucleados en Podemos, una especie de sucursal K en Madrid.
Iglesias y toda la cúpula podemita se pasó buena parte de la última década alabando las prácticas demagógicas y antirrepublicanas del chavismo en Venezuela.
Pero ahora la televisión que hizo famoso a Iglesias acaba de dejar en evidencia su cultivo del oportunismo y su falta de autocrítica.
En una entrevista en Telecinco el periodista Pedro Piqueras le preguntó qué opinaba de Venezuela, a la luz del éxodo de venezolanos, la hiperinflación y la destrucción de la economía, empezando por la industria petrolera. Iglesias se limitó a responder: "No voy a entrar en la dinámica de convertir Venezuela en un asunto de la política española".
Es raro. Porque cuando el petróleo volaba a más de 140 dólares el barril, Chávez llevaba su mesianismo demagógico a las nubes y varios líderes de Podemos se financiaban con Venezuela, Iglesias acusaba al Partido Popular de no querer hablar del chavismo para negarse a evaluarlo como un modelo político y económico no ya para España sino para Europa. Los que quieran, pueden reírse ahora.
"Para nosotros es crucial que el PP debata con nosotros de Venezuela, pero la derecha nos veta en sus tertulias. ¿De qué tienen miedo?", recordó ayer la publicación española Libremercado.com.
Iglesias calificaba a Venezuela como “una de las democracias más saludables del mundo” cuando Chávez ya estaba enfermo, cuando la economía venezolana ya acusaba recibo de los efectos mortales de la demagogia y cuando el chavismo ya modificaba reglas institucionales básica. Ya se podía deducir claramente que Nicolás Maduro acabaría desconociendo por completo al Congreso venezolano cuando la oposición ganó la mayoría incluso jugando con la reglas amañadas que impuso un poder que ya estaba militarizado. Con una treta antidemocrática y con el único fin de desmantelar el Congreso Maduro llamó a elegir entonces una Asamblea Constituyente que sesiona hace más de un año, aún no ha redactado constitución alguna y, en cambio, legisla sobre cómo deben fijarse los precios de las arepas y otras cosas que jamás se cumplirán en el laboratorio alucinado de políticas públicas que es Venezuela.
Iglesias decía cosas como: "Lo que ha ocurrido en Venezuela es una referencia fundamental para los ciudadanos del sur de Europa (…) América Latina está demostrando que es una alternativa. Eso es clave que entre en la cabeza de la gente".
Es el mismo Iglesias que ahora no quiere hablar de Venezuela. Devela la profunda deshonestidad intelectual de un partido que, pese a estar integrado vastamente por presuntos intelectuales universitarios, se niega admitir el error. Se niega a admitir que las teorías con las que propagandizaban a Venezuela estaban equivocadas o eran apenas un instrumento de políticos tan comunardos como cualquiera, pero disfrazados de teóricos.
Los que estaban en lo cierto eran los otros. Los que podían anticipar que Chávez era apenas un mesiánico pequeño pero con billetera llena, que iba a dejarle a Venezuela una herencia desastrosa.
Los intelectuales populistas, de España y también de Argentina, son incapaces de reconocerlo. Ahí está Iglesias, esquivándole al bulto, para que quede claro.