Kai Pacha, protectora de pumas (Foto: Río Negro)

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Kai Pacha, la protectora de pumas

26/01/2024 | 17:51

 

Redacción Cadena 3

Geo Monteagudo

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Kai Pacha, protectora de pumas

En cercanías a la localidad cordobesa de Villa Rumipal se encuentra la reserva natural Pumakawa, donde buscan recuperar animales silvestres y restaurar el monte nativo.

La guía y cuidadora de pumas Kai Pacha dedica su vida a estas especies, actividad sobre la que habló en profundidad con Cadena 3

¿Dónde naciste? ¿Cómo era tu familia, y cómo fue tu infancia?

Mi familia es de Río Tercero pero yo nací en Córdoba. Venía con algunos problemas desde la panza de mi mamá. Nací en la maternidad provincial y crecí en Río Tercero. Como a los 16 años me fui a Córdoba para estudiar en la Universidad. Somos 4 hermanos, yo soy la del medio. Somos bastante amigos.

¿Qué hacían tus papás?

La pasión de mi papá era ser cazador. Cazaba con mi abuelo, salían con el jeep, la escopeta y los galgos para cazar liebres. Mi papá es de la generación que creía que amar un animal era tenerlo en una jaula. En el patio de mi casa había unos jaulones grandes donde teníamos un mono, pumas y varios animales en cautiverio como mascotas. O sea, hicimos todo lo que está mal.

¿Cómo era tu vínculo con los animales?

Los animales para mí eran todo. Cuando murió mi nono yo tenía 5 años, y el mono que tenía él quedó para mí. Yo en la primaria me aburría un montón, no me podía integrar con los chicos, era un desastre en la escuela. Entonces corría rápido para volver a casa, merendar con el mono en la jaula y charlar con él. Teníamos otros animales y nuestras tareas, con mis hermanos, no eran tanto levantar la mesa y lavar los platos, sino darles de comer y limpiar a los animales.

¿Y cómo era tu personalidad? ¿Eras una chica extrovertida, más tímida?

Era muy retraída. Tengo rasgos autistas y fui encontrando un lugar en el mundo. Ser un niño y sentir que el mundo no es para vos, porque es demasiado hostil o no te interesa para nada, es muy solitario. Pero fue una niñez solitaria en una parte: tenía un mundo interior inmenso, mi imaginación y a los animales.

¿Te imaginabas de chica estar al frente de Pumakawa y la relación que tenés con los pumas?

No. La relación con los animales la tenía, pero no me imaginaba algo así. No tenía alcance para pensar para adelante. Lo máximo que visualizaba era que mi abuelo me hiciera una casita de madera debajo del sauce, era todo lo que tenía de proyección. Todo lo que se desarrolló fue gracias a que me costara tanto todo, y que sintiera que el mundo no era para mí. Estoy agradecida a mis dificultades, porque me hicieron el mundo que yo quiero. No podía hacer casi nada, iba a contramano todo el tiempo, no estaba integrada a nada ni quería estarlo. Y ahora, desarrollar algo que inspira a las personas, que cura animales… Es algo que no puedo asumir que haya hecho. Y es gracias a la gente que me ayudó, a las dificultades y mis limitaciones. Siempre le digo a la gente que viene acá: “Cuidado con los raros, los calladitos… Porque pueden tener una puerta muy grande para abrirle al mundo y dejarlos calladitos a ustedes”.

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Contame cómo fue tu relación con los pumas, este nexo tan grande que has logrado. ¿Fue gracias a Kaku (un puma que rescató)?

Mi abuelo tenía un puma pero yo era muy chica y le tenía miedo. A la Kaku la crié, hice mucha fuerza para que no se muriera. Era muy débil, y por eso fui entendiendo su mirada, sus movimientos. Casi que empecé a hablar en puma, nos entendíamos mucho. Me empezó a fascinar, y entendí que el puma es un depredador y yo lo puedo cuidar, y a través de su conservación puedo conservar el monte. Yo con el puma puedo ayudar a restaurar el monte y lo que se quebró entre la vida silvestre y la producción, porque de arranque lo hicimos mal. Conquistamos como colonizadores, los españoles nunca se fueron. Quedaron dentro nuestro, seguimos haciendo lo mismo.

¿Cómo llega Kaku a tu vida?

En la reserva había un puma macho y una hembra en la misma jaula. Kaku nació ahí y el macho quería matarla. Yo no tenía idea, pero me metí en la jaula, entre la madre y el padre, y saco a la cría que estaba en el piso. Después dije: “¿Cómo entré en el medio de una pelea y no me lastimaron?”. Y pensé que tenía alguna empatía con los pumas. Empecé a criar a Kaku, todo fue nuevo y una búsqueda 24 horas al día para aprender a cuidarla. Fue durante dos años más o menos, porque como no mamó el calostro de la mamá tuvo muchas deficiencias de salud. Todo eso me hizo aprender del puma en sí, pero también sobre la especie y su situación.

Lamentablemente en Córdoba estamos acostumbrados a que cada tanto hay incendios y se queman nuestras sierras, nuestra naturaleza. Pero, ¿qué pasó en el 2009?

Hubo un incendio forestal y en Córdoba había 42 focos al mismo tiempo. El incendio era muy grande, quemó el 90 por ciento de la reserva. De repente vemos unas llamas que van directamente hacia la jaula de los pumas. Una policía me agarró de la ropa y me dijo que no podía ir a liberarlos, y a mí casi me da un infarto. Cuando la policía se fue, fui corriendo hacia las llamas y empecé a abrir las puertas de las jaulas. Estaba muy cerca de las llamas, lloraba y no podía ver nada. Tuve que salir corriendo, y cuando me di cuenta tenía 9 pumas alrededor: en el caos, en lugar de escaparse cada uno por su lado, todos me siguieron a mí. Yo estaba destrozada, y me llamó la atención que los pumas se quedaron conmigo, mirándome y rodeándome. Sentí que me decían: “Confiamos en vos, vos vas a hacer algo por nosotros. Vas a procurarnos algo mejor, te elegimos a vos”. Sentí que ellos me elegían alfa, me dio mucha fuerza. Y me comprometí a vivir hasta los 104 años para dejarles algo mejor, y eso quiero hacer. Cuando les conté eso a mis amigos, me dijeron que me cambiara de nombre.

Y ahí fue cuando apareció Kai Pacha.

Sí. Mis amigos me dijeron que me tenía que cambiar el nombre (de Karina) a Kai Pacha, que significa “puma protector del aquí y ahora”. Un abogado lo registró, sentó jurisprudencia en Córdoba, y es el primer cambio de nombre que tiene que ver con la misión. Cada vez que me dicen Kai, me recuerda quien soy y para qué vivo.

A propósito, hay algo muy conmovedor que contaste en tu charla TEDx, que te pasó con un grupo de adolescentes que mataron a un puma. ¿Qué pasó?

Sí, fue en el año 2017 me parece. En una comunidad de Córdoba, chiquita, de 800 habitantes, ocho chicos iban caminando por el monte. Aparece una puma, la corren y la matan con una pala. Lo cruel fue que filmaron el momento y lo subieron a las redes. Los chicos habían matado a la puma, que estaba pariendo, encontraron cinco cachorritos y los vendieron por 500 pesos cada uno. Antes, hicieron una caminata por el pueblo sacudiéndolos, mostrándolos como una señal de victoria.

Actuaron las autoridades y los cachorritos llegaron a la reserva, pero estaban muy enfermos. Pudimos salvar a Talita, una puma que estaba al borde de la muerte. Mientras tanto, las redes estaban llenas de insultos a esos “monstruos”, pero yo no sentía lo mismo. Pensaba: “Estos chicos no son monstruos, son víctimas de una cultura en la que para ser macho tenés que hacer esto”. Entonces, escribí una carta donde los invité a la reserva a ver cómo nos relacionábamos con los pumas, y que si querían ver que era “ser macho”, que vean como yo manejaba con 50 kilos a un puma y lo dejaba vivo.

Vinieron muy a la defensiva, pero les ablandamos el corazón. Cuando conocieron a Talita, fue mucho más allá de lo que imaginé. Se quedaron un rato en silencio, el que mató a la madre se acercó a Talita, y le pidió perdón. Los chicos lloraban. Después se armó una relación con ellos, y este chico durante mucho tiempo me llamó todas las semanas para saber cómo estaba Talita. Para mí fue una lección para mí misma. Confirmé que odiar te enferma, pero si le das la vuelta a esa emoción podés recrear una cosa mucho más valiosa.

Después de una mala acción hubo un arrepentimiento y una demostración de amor, al prójimo y hacia los animales. Contame Kai, ¿cómo funciona hoy Pumakawa?

Pumakawa está en Villa Rumipal, en el kilómetro 103 de la ruta 5. Hay 23 pumas y cada uno tiene su historia. La gente que viene es recibida por los guías, y les contamos la historia de cada animal, cada uno con su nombre. La gente se emociona, porque termina haciendo una pequeña reflexión de que lugar ocupa como “dueño” de la naturaleza, y la importancia de volver a sentirse “parte de la manada”, como decimos nosotros.

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