Franco Rinaldi.

Maravillas de este siglo

Cancelados

15/07/2023 | 12:54

 

Redacción Cadena 3

María Rosa Beltramo

Nadie en su sano juicio educaría a un hijo para que fuera homófobo, misógino o racista. Sin embargo, esa persona para la que pretendemos un mundo más justo, tendrá que alternar con mucha gente que a diario u ocasionalmente tiene manifestaciones de rechazo a las mujeres, los gay y a cualquiera que percibe como distinto y considera inferior.

Hace unos días el país se entreveró en una discusión sobre Franco Rinaldi, el candidato a legislador del PRO a quien le tiraron por la cabeza con unos videos en los que se reía de las preferencias sexuales de un conductor televisivo y sugería el empleo de un lanzallamas para terminar con la villa más grande de Buenos Aires. Al final, ya se sabe, su resolución de permanecer como cabeza de lista no sobrevivió a un video con consignas antisemitas y se bajó.

La mayoría empezó pidiendo su eliminación de la nómina de candidatos y por la vía de la indignación se llegó a los tribunales, donde la justicia porteña anunció el inicio de una investigación para establecer si Rinaldi incurrió en la promoción de actos de discriminación.

Desde una débil defensa inicial hasta un pedido de disculpas formal, el aspirante a una banca legislativa agotó una variada, aunque pobre línea argumental destinada a explicar que a pesar de sus dichos no se ve quemando a la Villa 31 ni complicándole especialmente la vida al periodista homosexual.

Es probable que haya llegado la hora de plantearse si la cancelación es el único camino posible para la gente que piensa feo.

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Hay pocas cosas tan incómodas como situarse en el pedestal de epítome de lo que corresponde sentir y manifestar y arrojar al resto al agujero negro de la indiferencia.

Sería estupendo que las expresiones de Rinaldi resultaran difíciles de entender por lo desconocidas o extrañas.

Para desdicha de los bienpensantes, hasta hace muy poco en cada lugar de trabajo había alguno que creía que la medida de su virilidad era proporcional a esos chistes despojados de gracia sobre propios o extraños a los que les "hirve" la cola, para usar la terminología del politólogo a quien todos querían echar.

Y esos genios del humor oficinesco (casi) siempre han tenido un coro desigual de risas que les han hecho suponer que vale la pena insistir con menciones a alguna parte de la anatomía o la preferencia sexual de un político, un cantante o el compañero que se sienta en la silla contigua.

Faltan años para que la gente no reaccione de ninguna manera frente a ese tipo de expresiones porque se vuelvan incomprensibles.

Todavía, por inercia o fallas en el proceso formativo, hay un mundo cada vez más pequeño que persiste en la homofobia, la misoginia y el racismo y una larga lista de actitudes discriminadoras que arrojan sombras sobre la condición humana.

Hay que trabajar para el cambio pero tal vez no sea conveniente condenar ni cancelar a los que piensan así. Y en el caso de Rinaldi tal vez hubiera sido mejor confiar en los votantes de su espacio político. Ellos habrían sabido qué hacer.

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