Las Notas de Fefe
20/03/2026 | 13:29
Redacción Cadena 3
Sergio Feferovich
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La poesía, ese puente invisible entre la palabra y la emoción | Por Sergio Feferovich
Cada 21 de marzo, en coincidencia con el cambio de estación —otoño en el hemisferio sur, primavera en el norte—, la UNESCO invita a detenerse en algo que no se mide, no se pesa y, sin embargo, atraviesa todo: la poesía.
Desde que fue instituido en 1999, el Día Mundial de la Poesía propone reconocerla como una forma de expresión capaz de condensar culturas, emociones y tiempos. No es casual la fecha: el cambio de estación también es una metáfora. Algo termina, algo empieza. Y en ese tránsito, la palabra poética encuentra su lugar.
Tal vez porque, como pocas cosas, la poesía se parece a la música. Incluso sin melodía, tiene ritmo, cadencia, respiración. Se la puede leer en silencio y aun así suena. Y en la tradición argentina, esa cercanía es evidente: innumerables poemas han sido transformados en canciones que ya forman parte de la memoria colectiva.
Uno de los ejemplos más emblemáticos es Alfonsina y el mar, la obra de Ariel Ramírez y Félix Luna, inspirada en los versos de Alfonsina Storni. Allí, la poesía original —Me voy a dormir— se transforma en una canción que no solo recuerda a la autora, sino que reinterpreta su despedida.
La figura de Storni, atravesada por el dolor físico y el cansancio espiritual, encuentra en esa canción una forma de ser narrada desde otro lugar. No se trata de negar la muerte, sino de humanizarla. El mar deja de ser un abismo para convertirse en un espacio casi íntimo, donde las algas “coronan” y la caracola “busca”. El lenguaje poético suaviza, envuelve, propone otra mirada.
En ese gesto aparece uno de los rasgos más profundos de la poesía: su capacidad de nombrar lo insoportable sin volverlo aún más doloroso. De decir sin decir. De transformar.
Y si hay una voz que terminó de sellar esa obra en la memoria popular, fue la de Mercedes Sosa. Su interpretación convirtió la canción en algo propio, irrepetible. Hay piezas que, una vez cantadas, ya no pueden pensarse sin esa voz. Como si la poesía, al pasar por ciertos cuerpos, encontrara su forma definitiva.
En tiempos de inmediatez, donde la palabra suele ser funcional, rápida, descartable, la poesía propone lo contrario: detenerse. Escuchar. Volver a sentir el peso —y también la música— de cada palabra.
Por eso, más que una efeméride, el Día Mundial de la Poesía es una invitación. A leer, a escuchar, a escribir. A recordar que, en algún lugar entre el lenguaje y la emoción, existe un territorio donde todavía es posible decir lo que de otro modo quedaría en silencio.
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