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La quinta pata del gato

La morosidad puede ser negocio, y vos tal vez podés zafar

05/05/2026 | 12:21

   

Redacción Cadena 3

Adrián Simioni

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La morosidad puede ser negocio, y vos tal vez podés zafar

Durante años, en Argentina la deuda convivió cómodamente con la inflación. Endeudarse no era necesariamente un problema: con tasas reales negativas, el tiempo jugaba a favor del deudor. La inflación licuaba compromisos y, en muchos casos, pagar tarde o refinanciar era casi una estrategia financiera. Ese ciclo, sin embargo, terminó.

El cambio de régimen económico —con menor inflación y tasas de interés más altas— expuso de golpe a miles de hogares que venían “mal estacionados”. El salto de tasas en medio de la transición económica no solo encareció el crédito: directamente dejó fuera de juego a quienes sostenían deudas sobre la lógica anterior. Lo que antes se diluía, ahora se acumula. Y lo que parecía manejable, se volvió impagable.

En paralelo, el sistema financiero también cambió. Los bancos dejaron de tener un negocio fácil y garantizado con el Estado. En 2023, muchas entidades obtenían ganancias extraordinarias prestándole al Banco Central, con márgenes amplios y riesgos bajos. Hoy ese esquema se achicó drásticamente. Donde antes había ingresos holgados, ahora hay que salir a competir y asumir riesgos. El negocio financiero volvió, en parte, a su esencia: prestar dinero a personas.

En ese cruce de necesidades aparece una oportunidad que, vista desde lejos, puede parecer contradictoria: la morosidad como negocio. Los bancos necesitan recuperar clientes que no pueden pagar, porque cada deuda incobrable impacta directamente en sus balances. Y para eso están empezando a ofrecer soluciones que, en otro contexto, hubieran sido impensadas.

El caso más visible es el del Banco Nación, que salió a buscar deudores —propios y ajenos— para refinanciar sus pasivos. La lógica es simple: ordenar el caos. Unificar deudas dispersas —tarjetas, préstamos personales, fintech— en una sola cuota, con una tasa menor a la que hoy castiga a quienes están en mora. En números concretos, pasar de tasas que pueden rozar el 120% anual en tarjetas a esquemas cercanos al 60%.

No es un gesto altruista. Es negocio. El banco gana porque transforma deudas incobrables en créditos activos, y porque asegura una tasa en un contexto donde podrían seguir bajando. Pero también puede ser una salida para el deudor: simplificar, bajar costos financieros y recuperar cierto control sobre sus finanzas.

Ahora bien, conviene evitar una lectura ingenua. Refinanciar no es lo mismo que eliminar deuda. Es cambiar las condiciones, no el problema de fondo. Y en un sistema como el argentino, donde los costos financieros totales incluyen seguros, impuestos y cargos administrativos, la diferencia entre una solución y un nuevo problema puede ser más fina de lo que parece.

Además, hay un riesgo estructural: si el acceso a este tipo de esquemas se convierte en una puerta giratoria —ordenar deudas para volver a desordenarse—, el sistema no corrige el problema, solo lo patea hacia adelante. El crédito puede ordenar, pero también puede perpetuar conductas si no hay un cambio en la lógica de consumo.

El trasfondo es más profundo. Lo que está en juego es la transición de una economía inflacionaria a una más estable. En ese proceso, tanto familias como bancos están reaprendiendo a manejar el dinero. Los primeros, a convivir con tasas reales positivas. Los segundos, a generar rentabilidad sin el paraguas del Estado.

En ese escenario, la morosidad deja de ser solo un síntoma de crisis para convertirse también en un terreno de disputa. Un espacio donde se cruzan necesidades sociales y oportunidades de negocio. La clave, para unos y otros, será entender que ordenar el presente no alcanza si no se modifica la lógica que llevó al desorden.

Porque si algo mostró la economía argentina en los últimos años es que las reglas cambian. Y cuando cambian, no todos llegan preparados.

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