La quinta pata del gato
19/06/2026 | 11:10
Redacción Cadena 3
Adrián Simioni
Audios
La insoportable levedad de Florencia | Por Adrián Simioni
Nadie está exento de cometer un error. En el periodismo, en la televisión, en la radio, en el streaming o en cualquier espacio donde se comunica en vivo, el error puede aparecer incluso cuando hay buena fe, oficio y procedimientos. Pero no todos los errores pesan lo mismo. No es igual equivocarse con un dato menor que anunciar la muerte de una persona.
El episodio protagonizado por Florencia Peña, al comunicar falsamente el fallecimiento de Jorge Messi, padre de Lionel Messi, obliga a mirar más allá del blooper, del escándalo viral y de la sanción posterior. El problema no fue solamente que la información era falsa. El problema fue también el modo: la liviandad con la que se dijo algo profundamente doloroso, como si se tratara de una noticia más del espectáculo, de una separación mediática o de una pelea pasajera de famosos.
Ahí aparece una primera falla: la pérdida de humanidad. Antes que una primicia, antes que una placa urgente, antes que el deseo de llegar primero, había una familia. Había una persona atravesando un problema de salud. Había un hijo, además, expuesto ante millones de personas. Bastaban unos segundos de pausa para advertir que, si la versión era cierta, se estaba hablando de una de las situaciones más dolorosas que puede vivir alguien. Y si no estaba confirmada, no debía decirse.
La comunicación en vivo tiene tensión, adrenalina y vértigo. Pero justamente por eso necesita más criterio, no menos. Cuando alguien recibe una información de alto impacto, la reacción profesional no debería ser repetirla de manera automática. La reacción debería ser frenar, consultar, chequear, medir consecuencias y preguntarse si hay confirmación suficiente. En una redacción seria, una noticia de ese calibre no se lanza al aire porque “me la tiraron” por cucaracha, por celular o por una pantalla.
La responsabilidad, claro, no es individual en soledad. En un programa hay productores, editores, conductores y una estructura que sostiene lo que sale al aire. Si una producción empuja una información falsa, también tiene responsabilidad. Pero quien está frente al micrófono no queda liberado de toda carga. Poner la cara también implica hacerse cargo. Comunicar no es leer cualquier cosa que aparece en una pantalla: es decidir qué se dice, cómo se dice y cuándo se dice.
Por eso el descargo posterior también importa. Pedir disculpas es necesario, pero no alcanza si la explicación se convierte en una forma de trasladar toda la culpa hacia atrás. El error fue compartido, pero la palabra pública también tiene autoría. Y en este caso, la frase salió al aire con nombre, rostro y voz.
Ahora bien, del otro lado también hubo excesos. Algunos sectores del periodismo reaccionaron con una defensa corporativa: "Eso pasa porque no es periodista". Esa explicación es cómoda, pero falsa. Hay periodistas profesionales que cometieron errores graves, que no chequearon, que forzaron hipótesis, que privilegiaron un título atractivo por encima de la realidad o que confundieron velocidad con verdad. Tener carnet, título o años de oficio no vacuna a nadie contra la irresponsabilidad.
También es cierto lo contrario: hay personas que, sin haberse formado formalmente en periodismo, han honrado un micrófono con seriedad, sensibilidad y enorme capacidad de comunicación. La discusión, entonces, no debería pasar por exigir una patente para hablar, ni por instalar la idea de que sólo un grupo habilitado puede expresarse públicamente. Sería absurdo y peligroso. La libertad de expresión está por encima de cualquier tentación de control corporativo.
El problema no es que Florencia Peña venga de la actuación, del teatro, de la televisión o del entretenimiento. El problema es creer que todos los lenguajes son iguales, que todo puede tratarse con el mismo tono y que una noticia íntima, dolorosa y no confirmada puede circular como una primicia más en la maquinaria del vivo. Hay temas que exigen bajar un cambio. Hay datos que no se dicen hasta ser confirmados. Hay momentos en los que el silencio es más profesional que la urgencia.
También fue desafortunada la intervención del presidente Javier Milei, que aprovechó el episodio para poner a todos los comunicadores en la misma bolsa y celebrar sanciones ajenas como si el problema se resolviera eligiendo quién puede hablar y quién no. Criticar un error grave es legítimo. Usarlo para alimentar una cruzada general contra el periodismo o contra quienes comunican es otra cosa.
La salida no está en prohibir, ni en repartir carnets, ni en exigir pureza profesional. La salida está en recuperar algo más básico: responsabilidad, humanidad y chequeo. Entender que detrás de cada nombre propio hay personas. Que detrás de cada "último momento" puede haber una familia sufriendo. Que la velocidad no justifica la crueldad involuntaria. Y que comunicar implica, antes que nada, hacerse cargo.
La insoportable levedad de este episodio no es sólo la de Florencia Peña. Es la de una época que muchas veces premia el impacto antes que la prudencia, la reacción antes que la verificación y el ruido antes que el respeto. Después, como siempre, será el público quien decida qué mira, qué escucha y a quién le cree.
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