La quinta pata del gato
21/01/2026 | 11:46
Redacción Cadena 3
Adrián Simioni
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Davos ya no es lo que era y espera a "Sorpresita" Trump
Davos ya no es lo que era. Y no es una frase hecha ni una nostalgia elegante por los viejos años de la globalización feliz. Es, más bien, la constatación de que el foro que durante décadas funcionó como una suerte de cumbre autocomplaciente del orden mundial hoy quedó desfasado, incómodo, casi a la defensiva. Y, sobre todo, a la espera de la próxima sorpresita de Donald Trump.
Durante años, Davos fue el lugar donde los grandes decisores del capital global se reunían a confirmar un consenso que parecía indiscutido. La globalización avanzaba, los organismos internacionales ordenaban el tablero y Estados Unidos cumplía un rol clave: compraba, se endeudaba, sostenía el déficit y alimentaba un sistema en el que el resto del mundo acumulaba superávits y dólares. Ese esquema, mansito y relativamente previsible, estalló por los aires.
Trump fue el síntoma más visible de esa ruptura. Aranceles, repliegue, cuestionamiento abierto a las reglas del comercio y a las instituciones multilaterales. Desde entonces, el mundo dejó de responder a una lógica común. Y Davos, convocado este año bajo consignas como “el espíritu de diálogo”, “la cooperación”, “la apertura” o “la responsabilidad frente a la inteligencia artificial”, parece hablar un idioma que ya no se habla en la práctica.
Mientras el foro intenta volver a invocar el diálogo, Trump vuelve a marcar la agenda. Esta vez con Groenlandia, una idea que no solo tensiona a Dinamarca sino que pone en crisis a la propia OTAN. Se suma Rusia, que no reconoce como "natural" la pertenencia de Groenlandia a Dinamarca, y aparece Venezuela, como siempre, orbitando en el conflicto. Pero el dato fuerte es ese: ya no hay reglas claras, hay movimientos de poder.
En ese contexto, la frase del primer ministro canadiense, Mark Carney, suena brutalmente honesta. "Si no estás en la mesa, estás en el menú", dijo. No lo dijo un improvisado: es el único ser humano que presidió dos bancos centrales de peso global, el del Reino Unido y el de Canadá. Su mensaje es descarnado: el orden internacional basado en normas, acuerdos y Naciones Unidas ya no existe. Rige la ley del más fuerte. Y los países que no se agrupen, quedan a merced de los demás.
Ahí aparece Javier Milei. Llegó a Davos con mameluco de YPF, después se lo sacó. Se reunió con ejecutivos de grupos financieros clave, porque la Argentina necesita inversiones, dólares, flujo de capitales. Eso es Davos, o lo que queda de Davos. Pero, al mismo tiempo, Milei se mueve como aliado de Trump y acompaña su ritmo, ese ritmo imprevisible que semana a semana cambia el eje de la conversación global.
Por eso también está invitado al Consejo de la Paz que Trump quiere impulsar, una suerte de organismo alternativo a Naciones Unidas, pensado inicialmente para Medio Oriente, pero con una lógica mucho más amplia. Un consejo al que hay que pagar para entrar —mil millones de dólares—, aunque, curiosamente, Argentina estaría exenta. Nadie explica bien por qué. En ese consejo estarían, entre otros, Vladimir Putin y Turquía, dos actores centrales de una geopolítica cada vez más áspera.
La escena es extraña, casi contradictoria. Davos habla de cooperación mientras el mundo se organiza por fuerza. Milei busca inversiones en el templo de la globalización, pero al mismo tiempo se alinea con quien dinamitó ese orden. Y Trump, desde afuera o desde adentro, sigue marcando el pulso.
Davos ya no es lo que era. Tal vez porque el mundo tampoco lo es. Hoy el foro parece menos un espacio de consensos y más una pista donde todos bailan, incómodos, al ritmo de la próxima sorpresita.
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