La Mesa de Café
14/07/2026 | 10:04
Redacción Cadena 3
Carolina Amoroso
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Venezuela: estremecedor relato de la niña que sobrevivió 32 horas bajo los escombros
Volví a Buenos Aires, pero una parte de mí todavía sigue en Venezuela. Fui para hacer mi trabajo y traté de poner mucho más que el cuerpo: puse el alma. Creo que lo mismo les ocurrió a todos los colegas que cubrieron esta tragedia. Venezuela tiene eso. Se mete en la piel.
Por mi profesión atravesé situaciones muy dramáticas. Tuve la fortuna —y, algunas veces, la desgracia— de enfrentar grandes desafíos periodísticos. Sin embargo, lo que encontré después de los terremotos del 24 de junio es, por lejos, la mayor devastación que vi en mi vida.
Al momento de escribir esta crónica, el balance oficial asciende a 4.561 muertos y 16.740 heridos. Además, cerca de 18.000 personas perdieron sus viviendas, aunque esa cifra podría crecer a medida que avancen las inspecciones sobre los edificios dañados. Las plataformas creadas por organizaciones civiles hablan de más de 40.000 desaparecidos o personas todavía no localizadas, un dato que no fue confirmado por el Gobierno. El último informe oficial también registra 856 construcciones afectadas, entre ellas 190 que colapsaron.
Pero los números, por estremecedores que sean, no alcanzan para describir lo que sucede.
Lo que se ve en La Guaira es apocalíptico. Para tomar dimensión, es como si una extensa franja del corredor norte del Gran Buenos Aires hubiese quedado destruida: kilómetros de Vicente López, Olivos, Acassuso y San Isidro convertidos en una sucesión de escombros.
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Los edificios que no cayeron quedaron, en muchos casos, inhabitables y bajo el riesgo de derumbes secundarios. Miles de personas perdieron sus casas, pero también sus trabajos y sus pequeños comercios. En esa zona costera estaba buena parte de la actividad turística y recreativa. Muchos caraqueños tenían allí sus departamentos de fin de semana. Como los terremotos ocurrieron durante un feriado, había más gente de la habitual.
Caraballeda es considerada la zona cero. La destrucción es tan profunda que hasta la avenida de acceso quedó deformada por el movimiento del suelo. Allí estaba el edificio Miramar, donde los rescatistas buscaron durante días al argentino Lucas Gámez. Cada cuadra ofrecía otra imagen del desastre y otra familia esperando una noticia.
A la destrucción visible se suma una emergencia sanitaria enorme. Hay restos humanos bajo los escombros, redes cloacales destruidas, falta de agua potable y servicios básicos interrumpidos. En los campamentos, las familias intentan reorganizar sus vidas sin saber cuándo ni adónde podrán regresar.
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Nadie puede impedir un terremoto. Puede ocurrir en cualquier parte del mundo. Pero no en todos los países existe una historia de corrupción y deterioro estructural que haya obligado a tanta gente a vivir en construcciones que terminaron convertidas en trampas mortales.
Tampoco en todos los lugares las Fuerzas Armadas llegan a una catástrofe sin la preparación suficiente para asistir a la población. Durante años fueron entrenadas para otras funciones, no para responder ante una emergencia de esta magnitud.
La información oficial, además, continúa siendo preliminar y escasa. El Gobierno encabezado interinamente por Delcy Rodríguez arrastra una larga historia de opacidad. Incluso hubo rescatistas convocados a un acto de condecoración mientras todavía transcurrían las horas decisivas para encontrar sobrevivientes. En medio de una tragedia semejante, esa escena resultaba difícil de comprender.
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En ese escenario, la ayuda internacional se volvió indispensable. Uno de los operativos que más me impactó fue el del Ejército Argentino, que instaló una planta móvil para producir agua segura.
El sistema, operado por la Compañía de Ingenieros de Agua 601, puede procesar hasta 1.800 litros por hora mediante microfiltrado y 600 litros por hora por ósmosis inversa. También permite envasar el agua para distribuirla entre los damnificados. La planta fue desplegada en La Guaira, donde las redes quedaron severamente dañadas.
Vi largas filas de personas acercarse con recipientes para recibir agua. Algo tan elemental como beber, cocinar o higienizarse se convirtió de un momento a otro en una urgencia.
También se levantaron hospitales de campaña. Una delegación del Reino Unido instaló un centro de atención ambulatoria sobre una antigua pista de karting, frente a la costa. Todo debió improvisarse en los pocos espacios todavía utilizables.
A la zona llegaron, además, médicos venezolanos que viven en Argentina y en otros países. Muchos habían abandonado su tierra durante los años de crisis y ahora regresaron para asistir a un pueblo devastado. Esa diáspora que tantas veces contó el dolor de irse volvía esta vez para ayudar.
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/Fin Código Embebido/Uno de los testimonios que más conmovió fue el de Fabiana Blanco, una niña de 12 años que permaneció 32 horas atrapada bajo los escombros de su departamento en La Guaira.
La menor estaba sola porque su madre había salido a trabajar. "Estaba en mi cuarto mirando el teléfono. Salí a la cocina a tomar agua y ahí el terremoto me agarró muy fuerte. Todo se movía, todo se tambaleaba y el edificio se iba de lado", relató en diálogo con TN.
Fabiana no tuvo segundos para escapar. Cuando todo terminó de derrumbarse, quedó inmovilizada bajo los restos del edificio. "Todo entró en un silencio matador", describió. Permaneció allí durante 32 horas y el operativo para liberarla demandó otras seis.
La niña contó que comenzó a escuchar su nombre a lo lejos y lloró de felicidad al comprender que habían llegado para rescatarla. Salió sonriendo y pudo reencontrarse con su familia. Su historia se convirtió en uno de los pocos relatos de esperanza en medio de la catástrofe.
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Cuando la entrevisté, me impresionó su capacidad para comprender y expresar lo que había vivido. Nunca había escuchado una definición tan precisa como "silencio matador". Fabiana es risueña, carismática y está llena de sueños, pero también forma parte de una generación de niños venezolanos que debieron madurar demasiado pronto.
En un momento dijo que sentía mucho dolor por "su Guaira". Esa frase resume el apego de los habitantes de la costa por ese territorio frente al mar Caribe. No solamente perdieron sus casas: sienten que les arrancaron su lugar de pertenencia.
La mamá de Fabiana me preguntó si tenía hijos. Le respondí que sí, que tengo un bebé de 10 meses. Vicente cumplió esos 10 meses mientras yo estaba en Venezuela.
Entonces me miró y me preguntó: "¿Y cómo estás acá?". Primero le dije que había viajado para hacer mi trabajo. Era cierto, pero sentí que la respuesta estaba incompleta.
Días después volví a saludar a Fabiana y pude hablar nuevamente con su mamá. Entonces le dije: "¿Sabés por qué estoy acá? Para conocer a la tuya".
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Creo que esa frase resume lo que me dejó esta cobertura. Mi trabajo periodístico terminó siendo la forma que encontré para acercarme a un pueblo que siento como mi casa.
Regresé desconcertada. Soy una persona de fe, pero todavía no logro comprender por qué tanto dolor para los venezolanos. Por qué tanta destrucción sobre una sociedad que ya había atravesado demasiado.
Tal vez haya algo que todavía no puedo ver. Por ahora, solamente sé que volví con el corazón roto y con las voces de quienes siguen buscando a sus familiares, esperando agua o tratando de reconstruir una vida entre los escombros.
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¿Qué sucedió en Venezuela? Un terremoto devastador ocurrió el 24 de junio, dejando miles de muertos y heridos, así como una gran destrucción en La Guaira y Caraballeda.
¿Quiénes fueron afectados? Más de 4.500 personas murieron, 16.740 resultaron heridas y alrededor de 18.000 perdieron sus viviendas.
¿Cuándo ocurrió el terremoto? El terremoto tuvo lugar el 24 de junio.
¿Dónde se registró la mayor devastación? La Guaira y Caraballeda fueron las áreas más afectadas, consideradas como zonas cero de la catástrofe.
¿Cómo se está manejando la emergencia? La ayuda internacional, incluyendo el Ejército Argentino, ha instalado plantas móviles para producir agua y hospitales de campaña para atender a los damnificados.
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