La Argentina Hoy
21/08/2026 | 20:16
Redacción Cadena 3
En una charla con La Argentina Hoy, Alejandro Orlando repasó el origen de su nuevo espectáculo, su particular mirada sobre la historia política argentina y el desafío de recuperar el humor político en escena. El actor cordobés también reflexionó sobre la grieta y la necesidad de recuperar los puntos de encuentro, además de contar cómo aborda la escritura, la actuación y la dirección de sus propias obras.
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Alejandro, ¿sos un profeta enviado a la historia política de la Argentina?
Sí, señor. Interpreto a Malaquías, un profeta bíblico fracasado e inmortal. Fue enviado por Dios Padre a la República Argentina en 1810 para infiltrarse y vivir en primera persona los hechos políticos más relevantes desde la Revolución de Mayo hasta hoy.
¿Cómo nació la idea de hacer un espectáculo sobre la historia argentina a través de un profeta?
El personaje de Malaquías originalmente duraba diez minutos y contaba solamente su historia como fracasado e inmortal. Como lo conocía mucho y tenía varios dones especiales, me pareció interesante utilizarlo para contar la historia argentina. Tiene el don de la bilocación, puede estar en dos lugares distintos, transformarse en cualquier persona y hablar todos los idiomas. Entonces, estudiando la historia argentina, pensé que podía contarla en primera persona y convertirse en una especie de narrador que nos llevara por nuestro pasado.
¿Y cómo aparece el humor político en ese recorrido?
Apenas Malaquías pisa la Argentina, se hace oficialista. Entonces va cambiando de posición a medida que avanza por la historia. Ese es uno de los recursos que provoca humor en el espectador.
¿Qué te llevó a recuperar el humor político, un género que tuvo grandes referentes como Tato Bores y Enrique Pinti?
Me parecía muy interesante que, después de Pinti y haciendo un poco más de retrospectiva, después del gran Tato Bores, los dos mayores referentes del humor político, hubiera quedado como un nicho vacío. Entonces me interesó estudiar el tema. Me formé mucho para escribir el espectáculo y el texto lo escribí yo.
¿Cómo abordás los momentos más difíciles de la historia argentina sin perder el tono humorístico?
Es un espectáculo de humor. Cuento la historia de Malaquías y la historia política con humor e ironía. Sobre todo, quiero tirar un manto de piedad sobre la Argentina, que siempre ha tenido crisis cíclicas, pero que se ha sabido levantar con muchísima dignidad. Si recorrés la historia, te das cuenta de que hemos vivido de crisis en crisis.
En el espectáculo aparecen episodios y figuras de distintas épocas. ¿Cómo trabajaste ese recorrido histórico?
La historia argentina tiene unitarios y federales enfrentados durante 50 años, crisis económicas como la de 2001 y también los siete años y ocho meses de la dictadura más sangrienta de Latinoamérica. Hay que tocar esos temas. Y Malaquías puede atravesarlos porque es un personaje que vive en todas las épocas.
¿Cómo utilizaste los recursos audiovisuales para acompañar ese recorrido?
Todo el discurso de Malaquías está acompañado audiovisualmente. Hoy la inteligencia artificial me ha dado una facilidad increíble para ponerlo en todas las épocas de la historia argentina. Aparece como íntimo amigo de Perón y junto a él; también con Alfonsín cuando inicia el juicio a las Juntas y después con Menem indultando a los militares. Las imágenes están construidas para generar ese humor.
¿Cómo hacés para abordar el humor político en un contexto marcado por la grieta?
Era otro de los desafíos. Cuento la historia hasta la actualidad y Malaquías termina siendo oficialista en este momento. Entonces le dice a la gente que no sabe a qué partido político va a pertenecer en las próximas elecciones presidenciales de 2027. Ahí me tomo una pequeña licencia poética y bajo a la platea para plantear que ojalá estemos menos divididos. Aunque suene utópico, el teatro tiene algo fundamental: seguir creyendo en las utopías.
¿Qué mensaje buscás transmitir con esa idea?
Creo profundamente que ningún partido político es más importante que esa bandera. Hay una bandera que contiene y representa a los 48 millones de argentinos. Hay momentos en la historia argentina en los que nos unimos todos. En los mundiales, por ejemplo, todos somos argentinos. Cuando gana Argentina vamos y nos abrazamos con personas que pueden estar en las antípodas de nuestro pensamiento político. También ocurrió con desgracias como Malvinas, cuando el pueblo entero se unió para enviar abrigo, alimentos y ayuda a nuestros combatientes.
¿Pensás que la grieta es inevitable?
No. Creo que la grieta es algo que está manejado desde ciertos lugares y que no deja de ser un negocio y un rédito político para quien lo maneja. Una cosa es que en una sociedad haya pensamientos distintos, intereses diferentes y discusiones. El problema es la cancelación: que si vos votás a un partido y yo a otro, ya no podamos sentarnos a hablar, saludarnos o mantener una relación. Eso es la grieta. Lo otro, que discutamos y no estemos de acuerdo, es el signo vital de los países. Es muy sano y enriquecedor.
¿Qué ejemplo encontrás en otros países de una convivencia política diferente?
Uruguay. Pedro, el Pelado de Los Modernos uruguayos, que ha vivido gran parte de su vida en Argentina, no podía creer la forma en que estábamos enfrentados los argentinos. En Uruguay, cuando hacen el traspaso de los presidentes, están todos. Eso marca una línea de arriba hacia abajo para el pueblo. También durante el Carnaval, cuando hay elecciones presidenciales, están todos los candidatos sentados juntos disfrutando de la fiesta. Las murgas les pegan a todos por igual y ellos se la bancan.
¿Qué tendría que cambiar en Argentina para acercarnos a esa convivencia?
Deberíamos tener la sensatez de entender que no es irreconciliable que uno sea distinto del otro. Tampoco hay que pensar que tenemos que ser iguales. Y hay otra cosa que hace mucho daño: cuando gobierna una fuerza política y pierde el poder, los que vienen voltean todo lo que hizo el gobierno anterior. No puedo creer que cuatro años de un gobierno no tengan tres o cinco puntos buenos para mantener. Eso ha requerido un esfuerzo muy grande de la sociedad durante esos cuatro años. Después viene otro gobierno, cambia todo y se vuelve muy difícil para el pueblo.
El año que viene Los Modernos cumplen 25 años, pero en paralelo tenés una carrera propia muy intensa. ¿Cómo hacés para sostener tantos proyectos?
En este momento tengo cinco obras en cartel y estoy haciendo funciones de todas. Hay una saga de unipersonales. El primero es El oficio más hermoso del mundo, con el que tuve la suerte de ganar como mejor unipersonal en Carlos Paz y que ya tiene más de 200 funciones. También estoy haciendo La Mesías, La importancia del agua en la navegación, que es una obra de Pedro, y Los Iluminados. Cada una tiene un registro actoral y una dramaturgia absolutamente opuestos a las otras.
¿Cómo lográs memorizar e interpretar cinco obras diferentes?
La letra, por más que tengas una obra de Shakespeare, no tiene ningún valor si solamente te la aprendés de memoria. El valor está en cómo interpretás ese texto. Como actor, tenés que hacer llegar al espectador ese texto. El actor necesita memoria, pero para mí la memoria es una cuestión absolutamente secundaria. El talento es lo que hace que ese texto se diga de una manera maravillosa y que el público se conmueva o no.
Además de actuar, escribís tus propias obras. ¿Cómo es tu proceso de creación?
Soy dramaturgo y escribo mis propias obras. Los Iluminados, La Mesías, El oficio más hermoso del mundo y El Enviado son obras mías. Todas, menos El Enviado, fueron dirigidas por distintos directores. Yo amo la figura del director.
¿Por qué decidiste dirigir El Enviado vos mismo?
Era tan difícil transmitir todo lo que había escrito que pensé que iba a ser un desgaste muy grande explicarle a otra persona lo que quería. Todo estaba en mi cabeza: desde la escritura hasta el personaje, que ya conocía y sabía cómo interpretar. Entonces, por primera vez, me la jugué a hacer todo: tomar las decisiones estéticas de la puesta y actuar. Estoy convencido de que fue más sencillo que explicarle a alguien lo que quería hacer.
¿Cómo es tu proceso cuando te sentás a escribir?
Soy autodidacta en todo en mi vida, no solo como dramaturgo sino también como actor. No tomé clases de teatro. Tuve la suerte de empezar muy chico y me formé actuando. Me equivoqué un millón de veces cuando era chico y me sigo equivocando, porque es una profesión imperfecta. Cada obra es distinta, cada compañero y cada director son diferentes. No hay una regla para ser un éxito o un fracaso.
¿Y cómo trabajás puntualmente la dramaturgia?
Soy todavía más autodidacta. Es una cuestión intuitiva. Cuando aparece una idea, me siento a escribir. Este espectáculo me llevó unos cinco meses de escritura. Estoy catorce o quince horas por día sentado, escribiendo y equivocándome. Me voy a dormir, me levanto y pienso que algo es horrible, lo cambio, lo tiro y sigo buscando.
¿Cuánto cambió la obra desde la primera versión hasta el estreno?
Entrevistado: Escribo de más porque después me doy cuenta de que el espectáculo no puede durar dos horas y media. Este terminó durando una hora diez. Son 200 años de historia resumidos en una hora diez. Hasta el mismo día del estreno estaba cambiando cosas, y me lo permito porque soy dramaturgo y actor. Si me equivoco, me equivoco yo.
¿Escribís pensando en la literatura o exclusivamente en la escena?
Yo me siento un loco que escribe para actuar. Básicamente escribo para mí, porque me conozco, sé lo que me gustaría hacer y cómo quiero interpretarlo. No escribo literatura ni cosas que no sean para actuar. Solo teatro.
¿Cómo fue el trabajo con Pedro Paiva en la obra La importancia del agua en la navegación?
Pedro escribe como un mecanismo de relojería. Es un trabajo muy elaborado del lenguaje para generar humor. Su obra tiene un comienzo, tres personajes y un desarrollo, una estructura clásica. Como tengo confianza con él y recorrido en el teatro, le dije que estaba larga y que había que recortar. Me respondió que hiciera lo que quisiera y que confiaba en mí. El trabajo nos llevó seis meses, junto con Luis Torres y Nico Cirito.
¿Se puede vivir del teatro en Córdoba?
Yo vivo del teatro con muchísima dignidad. Soy uno de esos que piensan que soy un afortunado por hacer el oficio que amo. No es solamente que lo amo: tengo una vocación por el teatro desde muy chico. Cuando tenés una vocación, no podés hacer otra cosa. Yo no puedo hacer otra cosa.
Los Modernos comenzaron en plena crisis de 2001. ¿Cómo hicieron para sostenerse?
Los Modernos empezaron después de que De la Rúa se fue en helicóptero. Nosotros pasábamos la gorra. Hacía obras en salas alternativas donde la entrada valía tres pesos y no venía nadie. En varios bodegones de la época pasábamos la gorra y, cuando terminábamos el último, la abríamos y no podíamos pagar ni una pizza ni una cerveza. Pero nunca claudicamos y seguimos adelante.
¿Te considerás un humorista?
Me reconozco más como un actor que hace humor. Me gusta hacer drama, tragedia y lo que sea, pero el humor, después de Los Modernos, ocupa una parte muy importante de mi vida.
¿Qué referentes fueron importantes en tu formación teatral?
Mario Mezzacapo fue la persona que más me marcó. Yo nunca lo vi trabajar mucho, solo vi una obra, pero nos hicimos muy amigos porque él había hecho El otro Judas, una obra de Abelardo Castillo, en los años 60. Sin saberlo, yo también hice El otro Judas y hacía el personaje de Judas. Él vino a vernos y mantuvimos una amistad hasta el día que se fue.
Para cerrar, ¿qué libro, película o serie recomendás?
La película es El Padrino, definitivamente. Hay dos personas que amo con locura y desenfreno: Marlon Brando y Mario Mezzacapo. De Brando soy fanático. Tengo tres o cuatro biografías y me sé muchos de sus diálogos.
¿Y qué libro recomendarías?
El que tiene sed, de Abelardo Castillo. Es una de mis novelas favoritas. Castillo era alcohólico y lo contó él mismo. Se internó y logró salir de eso, aunque decía que iba a ser alcohólico hasta el último día de su vida. Tenía una botella de whisky en su escritorio.
¿Y alguna serie?
Peaky Blinders o Breaking Bad. Me parece que Breaking Bad primero y después Peaky Blinders. Me encantaron las dos.
Entrevista de Sergio Suppo.
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