La Argentina, Hoy
28/10/2026 | 20:23
Redacción Cadena 3
¿Cuánto cambió la realidad de la industria y cuáles son sus principales preocupaciones durante estos años de gestión del presidente Javier Milei?
Cuando hablábamos al principio, estábamos viendo la primera etapa del proceso de transformación. Preveíamos que podíamos tener algunos problemas durante esta transición, con la apertura económica y las dificultades de competitividad. Pensábamos que podía haber un rebote más importante de la actividad, pero eso no ocurrió en la magnitud esperada.
Los números que se presentaron y los del Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) muestran que este año vamos a tener muy poco crecimiento, prácticamente cero. Hay sectores que están creciendo mucho, pero la industria registra una caída de entre el 3,5% y el 4% respecto del año pasado.
Los promedios suelen esconder realidades muy diferentes. ¿Dónde están las principales dificultades?
Tenemos una preocupación general por la actividad y por los problemas de competitividad. La Argentina tiene una presión fiscal récord, de alrededor de 56 puntos, mientras que Paraguay tiene una presión impositiva casi de la mitad y Brasil y México presentan niveles aproximadamente un 30% menores en impuestos distorsivos.
Esto genera dificultades importantes para muchos sectores. Por eso hablamos de la necesidad de liberar la cancha: tenemos que igualar las condiciones, al menos con nuestros competidores directos de la región.
Cuando la sociedad se enoja por los precios, hay que entender que detrás de ellos se acumulan distorsiones impositivas, financieras, laborales, de infraestructura y de educación. Esos problemas se suman en cada etapa de la cadena de valor y terminan formando lo que llamamos el costo argentino.
La verdadera política industrial consiste en lograr que la industria sea competitiva. La protección puede servir durante un tiempo, pero el objetivo tiene que ser construir competitividad.
Mencionaste los impuestos distorsivos. ¿Qué impacto tienen, por ejemplo, los ingresos brutos en las cadenas productivas?
El problema es que cada vez que se produce una operación se acumula el costo. Hay cadenas productivas con muchos eslabones y el efecto termina siendo muy importante.
En el sector textil, por ejemplo, tenés el hilado, la fabricación de la tela, el teñido, la confección y la comercialización. Todos esos pasos van acumulando impuestos y pueden terminar sumando entre un 15% y un 20% de costos adicionales.
Por eso necesitamos revisar esas distorsiones para que las empresas puedan competir en condiciones similares a las de otros países.
Otro factor que preocupa es China, por su expansión comercial y su capacidad de producción. ¿Cómo analizás ese fenómeno?
Es uno de los temas que destaqué en mi discurso en Córdoba. Hay un cambio geopolítico y tanto Estados Unidos como Europa están reaccionando frente a la agresividad comercial china.
En muchos sectores existe una sobreproducción muy importante, como ocurre con los automóviles y el acero. Hay actividades en las que China concentra el 55% de la producción mundial y tiene capacidad para llegar al 100%. Eso significaría convertirse en la fábrica del mundo.
Si tenés un único productor industrial, eso no es libre comercio. Además, hay que pensar en la destrucción de empleo que podría generar en otros países.
Existe una alerta importante, sobre todo en Estados Unidos y Europa, para poner límites a esa expansión. No necesariamente estamos hablando de proteccionismo, sino de igualdad de condiciones.
¿Qué hace que la competencia con China sea tan difícil para las industrias de otros países?
China tiene una economía completamente desacoplada. Su industria recibe subsidios, tiene beneficios en materia energética y de financiamiento, y las exportaciones también están subsidiadas. Está jugando otro partido.
Estados Unidos se dio cuenta de eso. Además, hubo una gran ingenuidad al permitir que empresas que se instalaban en China tuvieran que transferir sus conocimientos tecnológicos. Hoy ese país compite en igualdad de condiciones tecnológicas, no solamente en productos tradicionales, sino también en inteligencia artificial, paneles solares y tecnologías de comunicación.
Creo que tanto Europa como Estados Unidos están comprendiendo que necesitan generar mayores equilibrios.
¿Considerás que el Gobierno de Milei comprende este fenómeno o está aferrado a la idea de que la apertura económica es una necesidad que no admite modificaciones?
La apertura y la integración son fundamentales. El comercio no es malo, siempre que todos compitan en igualdad de condiciones. Si no hay comercio leal, no hay libre comercio.
Es como jugar un partido en el que el rival tiene 14 o 15 jugadores. En esas condiciones, no vas a mejorar. Lo que necesitamos es generar igualdad de condiciones a nivel global y establecer reglas para el comercio y la producción.
Uno de los temas que se van a discutir en el B20 es la sobrecapacidad industrial. No se puede pretender que un solo país produzca todo lo que necesita el mundo. En los acuerdos comerciales tiene que haber límites que permitan evitar esos desequilibrios.
El petróleo, el gas y la minería pueden abrir oportunidades para muchas empresas proveedoras. ¿Esos sectores pueden ayudar a que las pymes industriales atraviesen esta transición?
Esa es un poco la idea del proyecto que estamos presentando. Durante los próximos dos años, cuando todavía no hayan ingresado plenamente los fondos vinculados con estos nuevos negocios, tenemos que alentar al sector pyme y promover su formalización.
Después, el gran desarrollo de los sectores que van a generar más dólares e impuestos debería servir para bajar la carga impositiva de otras actividades, como el campo y la industria. A lo largo de los años fuimos aumentando los impuestos y desincentivando la inversión.
Necesitamos aprovechar el crecimiento de la energía y la minería para fortalecer el conjunto del entramado productivo.
¿El Gobierno escucha los planteos de la UIA? ¿Hay avances para crear un régimen de incentivos para pequeñas y medianas empresas?
Estamos conversando. El ministro Diego Santilli reconoció que existe ese diálogo. La propuesta es avanzar con un RIGI para pymes, especialmente para la industria transable, es decir, aquella que está sometida a la competencia internacional.
Cuando abrís la economía, las empresas tienen que competir con productos de China, Brasil y otros países. Para fabricar y vender en esas condiciones, necesitan precios internacionales y las mismas condiciones que sus competidores.
La idea es nivelar la cancha. Estamos trabajando en un proyecto que contempla revisar la forma en que se cobran los impuestos, incluidos los aportes patronales y el IVA. Todavía estamos debatiendo las distintas alternativas.
También queremos generar mecanismos e incentivos para la formalización. Cuando los impuestos son demasiado altos, el beneficio de no pagarlos resulta muy grande. Si se reduce la carga y se establecen mecanismos adecuados para que todos cumplan, disminuyen los incentivos para permanecer fuera de la ley.
¿Creés que una reducción impositiva alcanzaría para que la industria vuelva a crecer y se incorpore a un nuevo sistema productivo?
Las empresas que hicieron una renovación tecnológica me dicen que una rebaja impositiva las dejaría, al menos, en línea con los países de la región. China es otro partido, pero con nuestros competidores regionales podríamos mejorar las condiciones.
Hay empresas que todavía necesitan renovar su tecnología, pero las condiciones del país pueden permitirles hacerlo. Si una empresa no invierte y pretende seguir trabajando con tecnología obsoleta, el problema será suyo.
Lo que buscamos es que quien invierte y se pone a la altura de los estándares internacionales pueda competir en igualdad de condiciones.
Lo que no considero viable es afirmar que toda la industria no sirve. A veces, cuando escucho al Presidente, me da esa impresión, aunque trato de no entrar en polémicas porque no creo que ayuden al país.
La industria genera valor permanentemente. En una fábrica entran materias primas y salen productos terminados. No nos quedamos con el valor de otros: lo estamos creando a través de la transformación.
¿Por qué considerás que la industria es tan importante para el desarrollo de un país?
Porque cuando un país pierde la capacidad de transformar bienes y servicios, se está condenando a la pobreza. Si no tenés cadenas de valor, científicos y personas capacitadas, a largo plazo te vas a empobrecer. No hay países importantes que carezcan de industria.
Durante mucho tiempo hubo una mirada más financiera: comprar barato en China, diseñar, vender y obtener una ganancia fabricando en otro país. Eso podía contribuir a contener la inflación, pero también significaba perder procesos productivos y capacidades.
Entonces hay que preguntarse cómo se ocupa a la gente en un modelo basado solamente en el comercio y las importaciones. El valor se genera en la producción, donde se mejoran los productos, evoluciona la tecnología y se desarrolla el conocimiento. También es allí donde se crea empleo y se construyen sociedades.
Una cosa es ganar plata y otra cosa es generar valor. La industria hace las dos cosas, pero además construye capacidades que se multiplican en el conjunto de la economía.
Un ingeniero que trabaja en una industria puede después trasladar sus conocimientos a otra actividad. Así se generan saberes que permiten transformar bienes y construir una sociedad más rica.
En Córdoba y Santa Fe hay empresas industriales que nacieron para responder a necesidades de sus comunidades y después crecieron. ¿Qué importancia tiene esa cultura productiva?
Es un capital social. En el interior de Córdoba y de Santa Fe, por ejemplo, hubo productores agropecuarios que necesitaban herramientas y maquinaria. A partir de esas necesidades surgieron fábricas que comenzaron a producir arados, cosechadoras y tractores.
Eso muestra la capacidad de una sociedad para transformar bienes. No se trata solamente de comprar algo y venderlo más caro, sino de construir una cadena de valor.
La Argentina tiene un tejido empresario muy importante, integrado por pymes, empresas familiares y grandes compañías. Detrás de esas organizaciones hay empresarios que siguen buscando soluciones a pesar de las dificultades.
¿Qué papel cumplen las grandes empresas en el desarrollo tecnológico y en la formación de capacidades industriales?
Son fundamentales. Los grandes países tienen empresas líderes que los llevan hacia la frontera tecnológica. Arcor es un ejemplo claro en la Argentina, por su capacidad exportadora, su crecimiento y su desarrollo tecnológico. También hay muchas personas que trabajaron en esa compañía y después llevaron sus conocimientos a otras empresas. Arcor generó una cultura de trabajo, de calidad y de exportación. Es importante que Córdoba y la Argentina se sientan orgullosas de esas experiencias.
También hay grandes compañías en Santa Fe y en el interior de la provincia de Buenos Aires. Detrás de ellas hay empresarios que impulsan proyectos, enfrentan dificultades y siguen buscando oportunidades.
Si la Argentina tiene futuro, es porque cuenta con un entramado empresarial muy importante.
Hablaste de la inteligencia artificial como una oportunidad para la industria. ¿De qué manera puede transformar los procesos productivos?
Creo que la inteligencia artificial va a impactar favorablemente en la industria. No se trata solamente de mejorar procesos, sino de cambiar materiales, desarrollar productos diferentes y combinar elementos de nuevas maneras. Es una posibilidad de reinventar la industria.
Hay un especialista en inteligencia artificial llamado Demis Hassabis, director ejecutivo de DeepMind y premio Nobel de Química, que plantea ideas muy interesantes sobre esta transformación. Uno de los conceptos que propone es que la escasez también puede ser un problema de conocimiento. El sol y el viento estuvieron siempre disponibles, pero recién ahora estamos desarrollando tecnologías para aprovecharlos de manera cada vez más eficiente.
Hassabis plantea que la inteligencia artificial puede multiplicar la capacidad de captar energía solar y mejorar las baterías en los próximos diez años. Eso podría modificar la matriz energética y también transformar la alimentación, la industria farmacéutica y la construcción.
Podríamos tener materiales diferentes, nuevos tipos de vidrio, acero y aluminio. Incluso podrían aparecer alternativas a materiales que hoy consideramos fundamentales para determinadas industrias.
Por eso los industriales tenemos que pensar cómo pueden cambiar nuestros procesos productivos. Hay que aprovechar esta etapa de desarrollo del petróleo y el gas, pero también prepararse para una transformación tecnológica que podría modificar las fuentes de energía y los materiales que utilizamos.
¿Sos un dirigente preocupado por el presente, pero esperanzado respecto del futuro de la industria argentina?
Por supuesto. Los empresarios y los industriales somos optimistas por naturaleza. Uno se levanta todos los días con cien problemas en la cabeza, pero si no fuera optimista y no pensara en el futuro y en el país, terminaría abrumado.
Yo veo una gran oportunidad. En Córdoba hay mucho conocimiento y capacidades productivas que pued
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