Murió Oscar "Cachi" Melo
30/06/2026 | 07:12
Redacción Cadena 3
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Catalina Boetto
Hay personas que dejan obras. Otras, discípulos. Y unas pocas consiguen transformar para siempre una actividad productiva. Oscar "Cachi" Melo pertenece a ese último grupo.
Su fallecimiento provocó un profundo pesar en el ámbito agropecuario, donde colegas, exalumnos, investigadores y productores coincidieron en una definición: fue uno de los grandes arquitectos de la ganadería moderna del norte argentino.
Ingeniero agrónomo, exdecano de la Facultad de Ciencias Agropecuarias de la Universidad Católica de Córdoba, investigador, consultor y docente, Melo dedicó su vida a resolver un desafío que parecía imposible: producir carne de calidad británica en las regiones subtropicales del país.
El hombre que vio el futuro
Mucho antes de que el corrimiento de la frontera ganadera hacia las zonas extrapampeanas se convirtiera en una realidad, Melo ya había advertido que el futuro de la producción bovina estaba allí.
"Vio con total claridad cómo la ganadería de cría se estaba desplazando hacia regiones con condiciones climáticas completamente diferentes", recordó Javier Lozano, director de los establecimientos agropecuarios de la Universidad Católica de Córdoba.
Aquella visión lo llevó a preguntarse cómo lograr un animal capaz de soportar altas temperaturas, sequías, garrapatas y forrajes distintos, sin resignar la calidad de carne que caracteriza a las razas británicas.
La respuesta comenzó a construirse a principios de los años 90, tras un viaje donde conoció la raza africana Tuli, un bovino Bos taurus adaptado a ambientes tropicales.
De regreso en Córdoba, reunió un equipo de investigadores y puso en marcha uno de los proyectos genéticos más innovadores de la ganadería argentina.
El nacimiento de una raza cordobesa
En los establecimientos agropecuarios de la Universidad Católica de Córdoba ya se trabajaba con cruzamientos entre Hereford, Angus Colorado y Senepol. La incorporación de embriones y semen de la raza Tuli terminó de completar el rompecabezas.
Así nació la raza San Ignacio, bautizada en homenaje a San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús.
Hoy, más de tres décadas después, ese desarrollo genético está presente desde el sur de la provincia de Buenos Aires hasta el norte de Paraguay y Uruguay, demostrando que era posible producir carne de alta calidad en ambientes donde las razas tradicionales encontraban fuertes limitaciones.
"Donde otros veían dificultades climáticas, él diseñó una solución genética perdurable", resumió la ingeniera agrónoma Catalina Boetto, quien trabajó junto a Melo durante más de 35 años.
Para Andrés Costamagna, otro de sus discípulos, el objetivo era claro: "Crear un animal resistente a las garrapatas, las sequías y las altas temperaturas, pero que mantuviera una carne de excelencia".
Mucho más que genética
Pero reducir el legado de Cachi Melo a la creación de una raza sería injusto.
Décadas antes ya había impulsado la introducción de especies forrajeras megatérmicas y subtropicales para el desarrollo ganadero del norte del país, creando los primeros jardines de introducción de estas especies tanto en el campus de la Universidad Católica de Córdoba como en establecimientos del norte provincial.
Su pasión por la nutrición animal y las pasturas fue una constante a lo largo de toda su carrera.
Ese trabajo silencioso permitió sentar las bases de una ganadería adaptada a nuevas regiones productivas, mucho antes de que el cambio climático y la expansión de la frontera agropecuaria obligaran a repensar los sistemas de producción.
El maestro de varias generaciones
Sin embargo, quienes mejor lo conocieron aseguran que su mayor legado no está en los campos, sino en las personas.
Catalina Boetto lo define como "la persona más inteligente" que conoció, aunque aclara que su grandeza nunca estuvo en exhibir conocimientos.
"Tenía una profundidad extraordinaria, pero hablaba para que todos entendieran. No le interesaba el bronce; le interesaba que el otro aprendiera", recordó.
Durante más de tres décadas ambos recorrieron miles de kilómetros capacitando profesionales en todo el país.
La generosidad para compartir conocimientos aparece como uno de los rasgos más repetidos entre quienes trabajaron junto a él.
Costamagna también destaca esa faceta: "Infinidad de técnicos que hoy ocupan puestos de liderazgo fueron formados por él, gracias a su empatía y a su enorme generosidad para enseñar".
Un legado que seguirá creciendo
Para Javier Lozano, la historia de la raza San Ignacio demuestra que detrás de los grandes avances científicos siempre hay personas capaces de imaginar lo que otros todavía no ven.
"Todo esto fue posible gracias a la audacia, la visión y el corazón de un verdadero pionero", afirmó.
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