Víctor Brizuela, junto a un joven Raúl Monti.

Leyenda del periodismo

Víctor Brizuela, digno de ser escuchado

23/11/2019 | 09:23 |   

Raúl Monti

Algunos pasamos más tiempo y más vivencias con él, otros menos. Algunos estuvimos más cercanos a sus afectos, otros estuvieron más alejados. Como sea, todos los que compartimos los últimos años de su prolífica carrera y lo acompañamos cuando salía a rodar por el mundo con la bandera de su querida selección argentina o su fútbol de Córdoba, tenemos la certeza de que somos mejores desde el mismo instante en que se cruzó en nuestro camino.

Nos formó, nos corrigió, nos enderezó, nos marcó la cancha… Homenajearlo es, por eso y por mucho más, nuestro deber y nuestro honor.

Por supuesto no todas son rosas. Él no se lo hubiera permitido y sabemos que para ser dignos seguidores de su legado, a Víctor no le hubiera gustado que digamos las verdades a medias. Mucho menos que su verdad sea dicha a medias.

Que nadie lo dude, Víctor Brizuela fue un ser excepcional pero también un ser humano como cualquier otro; con sus virtudes y sus miserias.

En su presencia, se mezclaron todas las sensaciones por esas iras repentinas que solía desatar con tanta facilidad.

En su ausencia, a diez años de su partida, gana por amplio margen la gratitud que le debemos por habernos deslumbrado, micrófono en mano.

Sentimientos encontrados que inspiró un hombre cuya estabilidad emocional pendía de un hilo. ¿Cómo debíamos reaccionar si te enseñaba los secretos de la profesión y de la vida con la misma eficacia con que te denostaba en público?

¿Cómo comportarnos si por la mañana hacía un culto de la discordia y por la tarde te sorprendía con gestos desinteresados estrechándote en un abrazo seguido de un inolvidable consejo?

Tenía un carácter fuerte, generaba temor en algunos y fastidio en otros. Claro que en secreto nos revelábamos a su verticalismo a ultranza pero en el fondo terminábamos superados por el peso de una realidad irrefutable: comparados con Víctor Brizuela, no calificábamos ni como aprendices de periodismo.

Pasaron muchos años hasta que las máximas autoridades de la gran Cadena 3 fueron descubriendo y valorando lo que su heredado grupo de trabajo era capaz de hacer.

¿Cómo culparlos si en todos esos “che pibe” permanecimos por años bajo la sombra de su credibilidad, popularidad y prestigio?

Aunque se equivocara en alguna apreciación, para la gente era poco menos que palabra santa y lo nuestro, no más que un simple aporte de pibes inexpertos.

Toda discusión caía en saco roto al esgrimir sus tan mentados “cincuenta años de periodismo” que echaban por tierra cualquier argumento que quisiéramos dar.

Si no estábamos de acuerdo con el modo de tratar los temas o con la manera de producir nuestra labor, él se justificaba con la chapa de sus años y de su tangible éxito: “Pibe, hace cincuenta años que hago los programas así y tengo el noventa por ciento de la audiencia. ¿Por algo será, no?”.

Enseguida aprovechaba para marcar territorio: “no sé cómo hago para tener tanta audiencia con ustedes, podría relatar el Ratón Mickey, que comentando yo, la gente me escucharía igual”.

Su ego exacerbado pretendía que todo lo que ocurría girase en torno a su figura. Generalmente era más importante Víctor que el entrevistado (aunque fuese Maradona) y no podía evitar la tentación de inducirnos a una reverencia hacia su persona.

Sin ponerse colorado "sugería amablemente" que agradeciéramos al aire por estar en tan importante partido (un Argentina vs. Brasil), transmitiendo en semejante radio (Cadena 3) y al lado de tan reconocida figura (él).

Pero aunque pudiera resultar chocante el modo en que marcaba esas diferencias, la envidiable e impecable "trayectoria" de Víctor no señalaba la mera acumulación de años.

“Algunos confunden popularidad con prestigio y son dos cosas diferentes”, decía el maestro. En Brizuela iban de la mano; reunía todos los atributos: prestigio, credibilidad y popularidad. Era una verdadera marca registrada en lo suyo.

Exhibía una capacidad increíble para sacar un conejo de la galera e improvisar un relato cautivante con cualquier tema que abordara. Se mantuvo activo y competitivo aún bajo los efectos del paso de los años luchando hasta el final con una valentía conmovedora. Cuando la luz roja del estudio se encendía, hablaba Víctor y acaparaba la atención de todos, por el tiempo que él creyese necesario, sin perder ni un oyente.

Como nuestros abuelos, contaba una historia o un chiste un día y lo reiteraba, con lujo de detalles, una semana después. No faltaba la patética carcajada de los aduladores de turno que le festejaban un forzado intento por socializar con quienes le temían o le rechazaban.

Brizuela acostumbraba conseguir subordinación a cambio de infundir previamente el temor a que perdiera la paciencia y se pusiera inmanejable. Aquellos que lo sufrimos en una jornada de ira, cuando venía con la mirada encendida y la pancita hinchada, supimos que lo mejor era no darle motivos para que se altere.

De igual modo, si padecimos en carne propia alguno de sus desaires y enconos, nunca perdimos de vista que en el fondo “el viejo” era todo un sabio. Era como si te retara tu propio padre porque después de la bronca del momento, volvías a sentir el mismo aprecio de siempre. Quizá ese fue su gran secreto: había algo de paternal en el trato que Brizuela tenía para con el grupo.

No dejaba detalle librado al azar. Parecía que nunca estaba enterado de nada, pero al mismo tiempo lo sabía todo. Cuando se sentía en falta con alguno de nosotros, tenía la grandeza de asumir a su manera, que solo hacía lo necesario para recordarnos el valor de su autoridad.

Sin tapujos nos participaba de sus bien logradas estrategias para manejar con éxito al “clan Sucesos”. Solía decir: "entre las veinte ‘boludeces’ que digo a diario, yo aspiro a que ustedes aprendan dos o tres consejos útiles, además estamos rodeados de buena gente. El único negro hijo de p… acá, soy yo. Tengo el máster de la Universidad, me quemé las pestañas estudiando para recibirme de hijo de p… “.

Trabajar con Brizuela fue siempre un privilegio. Pagaba puntualmente un sueldo más que digno, éramos escuchados y nos reconocían. Construimos a su lado un pequeño “nombre” en el ambiente. Podías no compartir criterios pero estaba claro que la competencia prácticamente había desaparecido del mapa y ninguna otra producción te daba laburo u oportunidades.

No tuvimos mucha elección pero tampoco derecho a quejarnos.

Tuvimos que amoldarnos a sus reglas del juego: nos pagaban religiosamente y nos exigían el máximo de paciencia y dedicación. Él opinaba y nosotros asentíamos, sin posibilidad alguna de disentir.

Económicamente era ventajoso pero profesionalmente nos amoldamos para bien y para mal, a un esquema periodístico hecho a la medida de un hombre personalista. Todo estaba pensado y ejecutado por, para y según Brizuela. Todo lo demás era prescindible.

Con mil anécdotas conocidas y otras íntimas, Víctor fue un hombre admirable. Ni sus más acérrimos detractores pueden desconocer jamás la grandeza que distinguió a este personaje, cuya historia merece ser contada e imitada.

Tuvimos el privilegio de compartir el lado sensible de un ser, que ocupó un pedacito de nuestras vidas hablando de fútbol con la mayor autoridad sin ser un conocedor profundo de tácticas y estrategias.

Su lenguaje era simple, apegado al buen uso del idioma y apuntalado por una singular habilidad para elaborar un discurso apto para todo público.

Eu un país donde todos nos creemos comentaristas o directores técnicos, aún a sabiendas de que el fútbol no es una ciencia exacta, siempre terminábamos convencidos por esa voz grave y cálida que invadió nuestros hogares cada día “a la hora de los deportes”.

Siempre dijo que se hizo en la universidad de la calle. Que su cultura era de Kiosco y que no tuvo escuela ni gran formación académica pero conoció a grandes maestros que le otorgaron la oportunidad de caminar por el mundo, aprendiendo de ellos.

Recordó a Fioravanti, a la pluma de Dante Panzeri o la bohemia de Enzo Ardigó pero es bueno dejar en claro que en este homenaje, los jóvenes “integrantes de su clan”, sentimos a diez años de su partida, el mismo orgullo.

Ahora que Brizuela nos falta casi no quedan maestros y agradecemos haber sido contemporáneos a esa expresión periodística tan prestigiosa que tuvo el país, desde Córdoba.

Hoy pululan escuelitas modernas con cuotas carísimas que les hacen creer a los pibes y a sus padres que los periodistas pueden fabricarse en laboratorios pero nosotros tuvimos la suerte de caminar del brazo de un maestro que nos enseñó todo lo que sabemos y que nos permitió tener todo lo que tenemos.

Nos instruyó en el periodismo y en muchas otras cosas de la vida infinitamente más importantes que trascienden la profesión. Aprendimos a querer con pasión este trabajo, a ser honestos y a manejarnos con la verdad. Nos enseñó a respetar y hacernos respetar, a ser mejores personas y mejores profesionales, todos los días.

Mientras las imágenes vienen a la memoria nos alegra imaginar que donde quiera que esté; Víctor debe estar apreciando el fruto de su sabiduría. No sé si lo percibió pero la mayoría de nosotros estuvimos observándolo con atención y aprendiendo.

Algunos lo aprovechamos mejor que otros, pero a su partida todos quedamos preparados para la guerra. Nos enseñó el camino y no se guardó nada. “Ustedes podrán vivir dignamente de este trabajo en cualquier lugar del mundo donde se hable nuestro idioma”, solía decirnos y en eso no le erró.

Por su fuerte y absorbente personalidad que nos hizo enfurecer, cuestionar, respetar y admirar al mismo tiempo. A su memoria, por la huella imborrable que nos dejó y en eterna gratitud por la certeza de que fuimos salvados por este gran hombre en todas las formas posibles en que una persona puede ser salvada.