Laura Dianda, docente de la Escuela Normal Superior Alejandro Carbó.

Fuera de foco

Maestros y troesmas: las personas que nos enseñaron las cosas importantes de la vida

11/09/2026 | 10:27

En el Día del Maestro, Pancho Marchiaro propone detenerse en quienes, además de enseñar contenidos, nos ayudaron a comprender conceptos claves para identidad: la libertad, la democracia, el amor, la diversidad y la igualdad. 

Redacción Cadena 3

El Día del Maestro es uno de esos acontecimientos que muchas veces pasan desapercibidos en la agenda argentina, tal vez porque estamos acostumbrados a convivir con la escuela y con los docentes desde muy temprano en nuestras vidas y terminamos naturalizando su presencia. 

Sin embargo, hay algo extraordinario en el lugar que ocupan los maestros en nuestras vidas: son, en muchos casos, las primeras personas que se ocupan de explicarnos algunos de los grandes sustantivos abstractos con los que vamos a edificar nuestras personalidad y ciudadanía para siempre, desde la libertad y la democracia hasta el amor, la diversidad o la igualdad.

La propia palabra maestro tiene una historia interesante. Viene del latín magister y hacía referencia a quien había alcanzado el grado más alto dentro de una actividad. En la antigua Roma, curiosamente, este término era el opuesto de minister, que designaba a quien estaba al servicio de otro y ocupaba una posición inferior. Con el tiempo, esa palabra derivó en la idea de los ministros religiosos, que servían a Dios, y posteriormente en los ministros del Estado. Hoy, naturalmente, ser ministro no es exactamente la antípoda de ser maestro, aunque la comparación etimológica podría prestarse a más de un comentario. Pero en lugar de poner nerviosos a los ministros, nos ocupemos de nuestros queridos maestros.

Más allá de las palabras, todos conservamos recuerdos concretos de aquellas personas que nos enseñaron algo que excedía largamente el programa escolar. En mi caso, recuerdo perfectamente lo que ocurrió en 1983, cuando Raúl Ricardo Alfonsín acababa de ganar las elecciones y en la escuela había docentes que tenían por delante una tarea enorme: explicarnos qué significaban la libertad y la democracia a una generación de chicos que estaba creciendo al mismo tiempo que Argentina también crecía y recuperaba esas palabras: llegaba Raúl Ricardo Alfonsín. Un año después, en 1984, mi maestra de música se ocupó involuntariamente de explicarme otro concepto fundamental, el amor. Yo me enamoré, aunque equivocadamente, de ella como corresponde a cualquier niño de siete años. De una manera u otra, cada año de la escuela iba dejando una enseñanza más poderosa que aquella escrita en los manuales.

Otra de esas grandes lecciones tuvo que ver con la diversidad. La educación pública argentina fue históricamente uno de los espacios de mayor convergencia social de nuestro país, un lugar en el que podían encontrarse en una misma aula el hijo de un juez, el hijo de un empresario o el hijo de un trabajador de la empresa provincial de energía, como era mi caso. Esa convivencia con personas provenientes de mundos distintos era en sí misma una forma de educación y probablemente una de las experiencias más valiosas que podía ofrecer la escuela, en este caso, pública.

Dentro de esa tradición hay una imagen particularmente poderosa: la del guardapolvo blanco. Más allá de sus orígenes prácticos y de su relación con la higiene, el guardapolvo terminó convirtiéndose en una de las metáforas más hermosas de la educación pública argentina porque igualaba, al menos simbólicamente, a todos los chicos que entraban a una escuela. En las décadas de 1920 y 1930, cuando una enorme cantidad de inmigrantes llegaba al país desde diferentes lugares del mundo, la escuela era precisamente uno de los espacios donde esas historias, lenguas y procedencias terminaban encontrándose, abrazándose. Todos llegaban diferentes y, de alguna manera, el aula cargada de pluralidad, intentaba construir algo en común.

En Córdoba, de todos modos, tenemos una categoría adicional. No solamente existen los maestros, sino también los troesmas, que ya no responden a una etimología latina sino a una tradición bastante más cercana: la de invertir las sílabas, como hacemos con gomía, germu o totín. Sin embargo, un troesma no es simplemente un maestro dicho al revés. Cuando un cordobés utiliza esa palabra generalmente está hablando de alguien que logró hacer algo extraordinario, de una persona que alcanzó una condición casi mitológica y que consiguió aquello que parecía imposible. Por eso, entre signos de admiración, uno puede escuchar perfectamente aquello de “¡qué troesma!”.

En mi vida hubo una persona que consiguió reunir ambas condiciones y fue mi abuela Laura Dianda, docente de la Escuela Normal Superior Alejandro Carbó. Durante años enseñó inglés por la mañana en la escuela y, por la tarde, recibía alumnos particulares en el living de su casa, como lo hicieron y todavía lo hacen tantos docentes. A mí me tocó estudiar con ella en una etapa en la que ya había comenzado a perder un poco su memoria y eso generaba una situación muy particular: cada jueves repetíamos prácticamente la misma clase de la semana anterior, con los mismos ejercicios, las mismas preguntas y, naturally, las mismas respuestas.

Yo, por supuesto, sabía perfectamente cuál era la solución de cada ejercicio, pero nunca fui capaz de decírselo. Por una cuestión de amor, volvía a contestar cada pregunta como si fuera la primera vez y esperaba ese momento en el que ella, satisfecha con mi desempeño, me regalaba un “very well”. Esa escena se repitió durante años y yo seguí disfrutando de aquellas clases, aunque en términos estrictamente académicos, aprendí la admiración por la docencia y de esas tardes me quedó la pasión por enseñar que hoy profeso.

Con los años entendí que, en realidad, allí también había una enseñanza, aunque no estuviera dentro de ningún ejercicio de inglés. Mi abuela había sido una gran maestra durante toda su vida y, al final, también terminó enseñándome sobre la paciencia, el cariño y la memoria. Por eso no tengo ninguna duda de que, además de haber sido una maestra, mi abuela era una verdadera troesma.

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Lectura rápida

¿Qué es el Día del Maestro? Es una celebración que a menudo pasa desapercibida en la agenda argentina, destacando la importancia de los docentes.

¿Quiénes son los protagonistas del artículo? Los maestros y en particular, la abuela del autor, Laura Dianda, quien fue docente.

¿Cuándo se menciona un momento clave en la educación argentina? En 1983, cuando Raúl Ricardo Alfonsín ganó las elecciones, marcando un cambio en la enseñanza de la libertad y la democracia.

¿Dónde se destaca la educación pública? En Argentina, como un espacio de convergencia social donde se encuentran estudiantes de diferentes orígenes.

¿Cómo se describe la figura del troesma? Es un término cordobés que se refiere a un maestro excepcional, alguien que logra lo extraordinario.

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