Fuera de foco
13/06/2026 | 11:33
Redacción Cadena 3
POR PANCHO MARCHIARO.
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Cuando pensamos en un Mundial, solemos recordar goles, atajadas, héroes y derrotas. Pero hay otra historia que corre en paralelo a la del fútbol. Una historia menos visible, aunque igual de trascendente: la de la tecnología.
Por eso me gusta pensar que cada Copa del Mundo también funciona como una cápsula del tiempo. No solo nos permite recordar quién salió campeón, sino también cómo era el mundo que nos rodeaba y, especialmente, cómo llegaban esas imágenes hasta el living de nuestras casas. Juntadas, mates, un damajuana y televisores sin control remoto son el antecedente de la juntada de este próximo Martes.
México 1970 marcó un antes y un después. Fue el Mundial que coincidió con el nacimiento de la televisión a color. Claro que para gran parte del planeta aquello era todavía un lujo inalcanzable. Sin embargo, la tecnología ya empezaba a transformar la experiencia de ver fútbol.
En Argentina 1978 ocurrió una paradoja curiosa. El torneo se transmitió a color para buena parte del mundo, pero muchos argentinos seguimos viéndolo en blanco y negro. Aun así, poco importaba. Los papelitos celestes y blancos, los goles de Mario Alberto Kempes y la alegría colectiva parecían tener color propio en medio de una época oscura.
México 1986 incorporó mejoras en las transmisiones y en la calidad de las repeticiones. Gracias a ellas pudimos volver a ver una y otra vez la famosa Mano de Dios y también el mejor gol de todos los tiempos. Yo todavía recuerdo ese partido frente a Inglaterra visto en un pequeño televisor del living junto a mis padres. Algunas imágenes quedan grabadas para siempre.
Italia 1990 significó otro salto en calidad televisiva. Los televisores comenzaron a renovarse y la imagen ganó definición. Al mismo tiempo, los videojuegos de 16 bits empezaban a llevar la experiencia mundialista a otro terreno. El fútbol ya no solo se veía: también se jugaba desde una consola.
Francia 1998 profundizó la dimensión global del espectáculo. Las transmisiones satelitales permitieron que millones de personas siguieran los partidos en simultáneo desde cualquier rincón del planeta. El Mundial empezaba a parecerse cada vez más a los grandes eventos globales del siglo XXI.
En Corea y Japón 2002, la innovación tecnológica propia de esos países se reflejó en la aparición masiva de pantallas gigantes LED en espacios públicos. El fútbol dejó de ser una experiencia exclusivamente doméstica para convertirse también en una celebración colectiva en plazas, parques y centros urbanos.
Brasil 2014 nos acercó a una revolución que hoy parece natural: los televisores inteligentes y las transmisiones por streaming. Por primera vez, muchos espectadores pudieron seguir los partidos desde sus teléfonos, tablets o computadoras. El Mundial dejó de depender de una pantalla fija.
Y llegamos a Qatar 2022. Un torneo atravesado por la inteligencia de los datos. Pelotas equipadas con sensores, sistemas de seguimiento en tiempo real y estadísticas instantáneas que viajaban a velocidades impensadas apenas unos años antes.
Lo que esas tecnologías no podían medir era la emoción. No podían anticipar la genialidad de Lionel Messi ni cuantificar lo que significó verlo levantar la Copa del Mundo, junto al reflejo del Diego, al recuerdo de kempes.
Quizás por eso los Mundiales son tan fascinantes. Porque cuentan dos historias al mismo tiempo: la del fútbol y la de la humanidad. La de los jugadores que hacen historia dentro de la cancha y la de las tecnologías que transforman la manera en que esa historia llega hasta nosotros.
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