Nicolás Sánchez

Editorial

Ludopatía, datos y ciberdelito: los tres frentes que el Estado descuida

10/07/2026 | 13:54

De nada han servido las advertencias de sectores de la academia y de los credos religiosos.

Redacción Cadena 3

El Estado incumple su rol de protector de los tres ámbitos en los que transcurre la vida de las personas —el interior, el privado y el público— frente al avance de la red Internet. Licencia y permite publicitar las apuestas 'online' que disparan la ludopatía entre los jóvenes, tolera la acumulación masiva de datos de los argentinos en posibles tratos no transparentados con grandes corporaciones y llega tarde ante el ciberdelito. La desprotección es tan extendida que cabe preguntarse si se trata de mora o de un Estado intencionalmente desentendido.

Los ámbitos de la vida y la red Internet

Vivimos organizados como comunidades-Estado con la pretensión de que los tres ámbitos en los que vienen transcurriendo nuestras vidas tengan adecuada protección. Nos referimos al "ámbito interior", al "ámbito privado" y al "espacio público". En nuestro editorial anterior nos explayamos sobre la conformación de cada uno de tales espacios.

La red Internet, prodigiosa herramienta tecnológica aparecida en el siglo pasado y afianzada universalmente en lo que va del presente, tiene un claro impacto en los tres ámbitos en los que transcurre la vida de las personas.

Las verificadas manipulaciones de las corrientes de opinión pública ejercidas a través de las denominadas redes sociales y el crecimiento de la ludopatía a partir de la irrupción de los sistemas de apuestas 'online' nos demuestran el impacto que tienen acciones ejecutadas con el uso de la red Internet sobre el denominado "ámbito interior".

Al respecto observamos que el Estado no solamente no estaría cumpliendo su función protectora que justifica su existencia, sino que se ha convertido en cómplice al acordar licencias de explotación de tal sistema de apuestas y permitir la profusa difusión publicitaria de estos. De nada han servido las advertencias de sectores de la academia y de los credos religiosos. Entre estos últimos, la Iglesia católica ha hecho llegar oportunas advertencias como testigo de los daños que la ludopatía viene generando en los jóvenes de todos los niveles socioeconómicos, con mayor impacto en los sectores de menores recursos.

Las respuestas en el sentido de que desde el Estado se sostiene "el sistema legal de apuestas 'online'" resultan absolutamente inaceptables por provenir de una lectura inadecuada de la realidad. Las diversas alternativas para impostar identidades en la red, y el insuficiente poder de policía de los Estados locales para actuar punitivamente contra actores que operan en ella desde cualquier punto del planeta, tornan tal explicación vacía.

Por otra parte, está claro que al publicitar un "sistema de apuestas legal" se agita el impulso a apostar, por cualquier sistema. Más aún: una vez desatada la pulsión, es probable que quien la padece busque los sitios que menos barreras le interpongan y mayores "facilidades" le prometan. Con gran preocupación asistimos a la exposición televisiva de la Copa Mundial de Fútbol, el deporte de mayor seguimiento masivo, con una saturación de publicidad de los sistemas de apuestas 'online', que nos alarma al punto de sospechar del verdadero propósito de la instauración de las pausas en el juego con fines de hidratación.

La pasividad y silencio ante este fenómeno por parte de las autoridades de nuestras instituciones deportivas dedicadas al fútbol, llaman la atención. Cabe destacar al respecto la firme posición adoptada por la UAR (Unión Argentina de Rugby): no acepta esponsoreos ni publicidad por parte de las empresas explotadoras de los juegos 'online', e insta a adoptar similar posición a todas las entidades que aglutina.

Está claro que el "ámbito interior" de nuestras vidas no está debidamente protegido por nuestro Estado.

El "ámbito privado" casi que no existe en la operación de los servicios que se prestan a través de la red Internet. La inexistencia del consentimiento, o su desbaratamiento por manifiestos vicios en la expresión de la voluntad, son de habitualidad absoluta. La privacidad de las comunicaciones, junto con los derechos de propiedad intelectual, los de libre expresión y libre acceso a la información, son sistemáticamente violados en forma confesa en aras de alimentar el entrenamiento de la llamada inteligencia artificial.

Al respecto no solamente existe pasividad del Estado, sino que además empiezan a alzarse voces que dan cuenta de la posibilidad de tratos no transparentados entre nuestras autoridades y alguna gran corporación en pro de alcanzar objetivos de masiva acumulación y manipulación de datos de quienes integramos la población argentina. Se llega a sospechar de militancias tras posiciones ideológicas que persiguen un nuevo orden universal no basado en la existencia de Estados-nación democráticos.

Bien podemos decir que en lo que respecta al cuidado del "ámbito privado" no solamente tenemos un Estado en mora. Podríamos estar frente a un Estado intencionalmente desentendido.

El tercer ámbito, el "espacio público", también muestra sus alarmas. El crecimiento del ciberdelito y el profuso e incontrolado tráfico de comunicaciones que soportan la acción del crimen organizado nos demuestran que la mora estatal en la materia es manifiesta.

Concluimos que el rol del Estado como protector de los ámbitos en los que transcurren nuestras vidas no se está cumpliendo.

Estamos desprotegidos. Lo grave es que la red Internet se ha convertido en un cuarto ámbito de vida que engloba o invade a los otros tres.

El Papa León XIV en su reciente encíclica 'Magnifica Humanitas' ha formulado un llamado a los Estados con el fin de encaminar las maravillas de la tecnología al servicio de la persona humana. La cuestión de fondo que está por detrás de la "trata de datos" y sus peligrosas derivaciones, está en la administración de la red Internet, el soporte de operación de las 'big tech'. Por ahora, el tema no aparece en la agenda de la primera línea de nuestra dirigencia política. Sospechamos que el enorme elefante blanco está pasando frente a ellos, que han sonado poderosas alarmas, pero que hay importantes mezquindades que atrapan su atención.

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