Editorial
03/04/2026 | 07:58
Redacción Cadena 3
Desde hace muchos años venimos anestesiados, consumiendo escenas de violencia en todas las pantallas de los dispositivos a nuestro alcance. Alcance que alcanza a todos, sin distinción de edad o condición socioeconómica o cultural.
Las plataformas de streaming muestran un amplio catálogo de películas y series donde la violencia real o imaginaria ocupa la esencia central de la trama. Los espacios noticiosos dan cuenta de videos donde se exponen delitos reales de todo tipo, en los que muchas veces se incluyen agresiones de padres a maestros acaecidas en el ámbito escolar.
Existe un sinnúmero de juegos para dispositivos "play" en los que la batalla violenta demanda el desarrollo de habilidades operativas por parte de los rivales "jugadores". Se naturaliza así la destrucción del otro.
La imagen de la portación y uso de armas de todo tipo se ha hecho una cuestión omnipresente en las omnipresentes pantallas, de la que casi no tenemos conciencia.
Todo ese bagaje violento se ha ido entronizando en nuestras mentes, en una confusión de hechos reales con imaginarios, documentales de acciones bélicas reales con confrontaciones intergalácticas, junto a la recreación cruel y escabrosa de episodios que ocurrieron a lo largo de la historia de la humanidad.
Los niños reciben, muchas veces sin filtro alguno, todo el espectro de violencia aludido junto con las más variadas fantasías que los llevan, muchas veces, a perder la noción de los límites de la realidad y también a la dificultad de discernir lo bueno de lo malo, lo correcto de lo incorrecto.
Muchas veces nos han llegado noticias de niños que resultaron accidentados por querer imitar el vuelo de sus personajes-ídolos preferidos.
Conviven en nuestra identidad humana lo bueno y lo malo. La morbosa inclinación por la contemplación de la violencia está en nuestra naturaleza, al igual que muchas otras pulsiones que nuestra evolución social ha ido limitando mediante educación y normas.
Pero parece que las artes y las producciones audiovisuales y de juegos en general han hecho caso omiso a tales limitaciones y han construido audiencias durante años haciendo apología de la violencia. Detrás del telón del arte y el entretenimiento nos hemos permitido exaltar hechos que en la vida real están prohibidos y penalizados.
La profusión de los medios de comunicación masiva nos plantea un serio dilema: cada mensaje, cada producción audiovisual y cada juego tiene habitualmente una parte productora/emisora y una infinita cantidad de partes receptoras.
Los productores de contenidos siempre han empleado el escudo ético de que el control de acceso a sus obras es una cuestión que escapa a sus posibilidades y competencias, puesto que les resulta imposible considerar la variedad de condiciones psicológicas y culturales existente en la infinita cantidad de partes receptoras.
Mientras los medios de exposición resultaron de un volumen "discreto", la argumentación mencionada tenía un correlato con el requerimiento de una acción responsable y tutelar de los mayores con relación a niños y jóvenes. La explosión de los medios digitales ha tornado muy dificultosa tal tutela y empieza a desbaratar el argumento ético de la parte productora.
Quienes producen y propagan obras audiovisuales o juegos de cualquier tipo que hacen exhibición de armas y acciones violentas deben pensar que muy probablemente tales obras o juegos lleguen a la visión de niños y jóvenes sin contención tutelar, a los que les será difícil distinguir lo real de lo ficticio, lo bueno de lo malo.
Nos están sonando alarmas. El equilibrio psíquico de las personas ya es algo que nos debe preocupar tanto o más que la salud física. Nos es natural la existencia de controles sobre el agua potable, la contaminación del aire y la salubridad de los alimentos.
Es hora de pensar y actuar en el ámbito del control de variables que hacen a la salud psíquica de la sociedad, para la que no existen vacunas, para la que la prevención lo es todo y para la que son necesarias políticas de Estado encaradas con igual vigor que hoy se aplica a las pestes virósicas y bacterianas.
Los protocolos que permitan detectar tempranamente síntomas de anomalías en las conductas e indagar, respetando la privacidad y la reputación, por parte de profesionales y metodologías adecuadas, serán la herramienta útil para la prevención de hechos violentos en todos los ámbitos.
Debemos también asumir que las redes sociales son ámbitos que sólo controlan las corporaciones que las sostienen y explotan y que por ellas circulan apologías de perversidades inimaginables. El problema es que esos criterios de control sólo ponen foco en las variables que redundan en la rentabilidad de tales corporaciones. Resonantes fallos judiciales, pronunciados en EE.UU. y recientemente conocidos, dan cuenta de daños ocasionados que demuestran que el bienestar y la integridad de las personas están fuera de sus objetivos.
Debemos abrir el debate sobre herramientas como el "ciberpatrullaje" y las "fronteras digitales". Ambos términos nos irritan por cuanto, a priori, aparecen como graves amenazas a nuestra libertad y nuestra privacidad. Debemos despertar: nuestra privacidad y nuestra libertad ya están violentadas en esta "era del capitalismo de la vigilancia" (Shoshana Zuboff, Harvard Business School), con la particularidad de que el "ciberpatrullaje" es ejercido por poderes fácticos desobligados totalmente con relación al bienestar general.
Tampoco es bueno imaginar el uso de estas herramientas en manos de poderes dictatoriales o de opacos servicios de inteligencia o información. Urge encontrar una solución acertada a la gobernanza del mundo digital, un mundo que en la práctica no tiene jurisdicciones y, por ende, no tiene leyes, ni policía, ni jueces ni responsables.
Enarbolando el cuidado de la libertad de los buenos, estamos apañando la perversidad de los malos. Podemos asegurar que la bondad del ambiente psicosocial sólo se podrá controlar para la prevención de degradaciones o alteraciones de alto riesgo con el uso de las herramientas mencionadas, normalizadas y utilizadas con la mayor sabiduría y en un ámbito de estricto control ciudadano.
La prevención sólo será efectiva con la profusa propagación de mensajes que llamen a la toma de conciencia de todos los actores sociales, con la intención de producir un verdadero cambio cultural en el que la violencia deje de ser una variable de mérito para la conformación de audiencias, en el que las tutelas de niños y jóvenes, imbuidas de afecto, ponderen los buenos valores centrados en el supremo aprecio de la vida, propia y del prójimo.
No habrá buenas y afectuosas tutelas si no logramos generar un ámbito en el que las necesidades básicas puedan ser autosatisfechas por el propio trabajo de sus responsables.
Ni prohibiciones ni censuras, solo toma de conciencia y obrar en consecuencia: prevención en todos los ámbitos y gobernanza del mundo digital, para comunidades de necesidades satisfechas, conformadas por gobernados y gobernantes responsables.
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