Editorial
06/11/2026 | 13:46
Redacción Cadena 3
La dirigencia política que necesita la sociedad no es la que mejor confronta ni la que más poder acumula, sino aquella que entiende el ejercicio del poder como un servicio a la comunidad. Para que surja, no basta con reclamar honestidad y capacidad: es necesario exigir transparencia a quienes aspiran a gobernar, garantizar controles independientes y asumir, como ciudadanos, la responsabilidad de elegir representantes por su trayectoria, integridad y vocación de servicio, antes que por sus discursos.
¿Se puede ser firme de ideales y a la vez conciliador? Sí, se puede y se debe. A partir de la toma de conciencia de que nadie tiene la verdad absoluta, es necesario el diálogo y la conciliación de posiciones.
¿Hay límites en la conducta social que deben mantenerse, respetarse y cuidarse? Sí, hay límites. Estos límites se fundamentan en el respeto a la dignidad de las personas y se expresan, con algunas limitaciones, en la Declaración Universal de los Derechos Humanos
¿Es necesario el talento y la vocación para aspirar a los cargos públicos que se asignan por el desarrollo de la actividad política? Sí, es necesario. Pero en el balance de talentos y vocaciones debe prevalecer el ánimo de servir a la comunidad. La osadía histriónica y la dialéctica desarrolladas como herramientas útiles a la ambición de poder y fortuna personal deben ser detectadas y sus actores identificados.
¿Es posible diferenciar a los dirigentes políticos con vocación de servicio de los dirigentes políticos con ambición de poder y fortuna? Sí, es posible. Con la plena vigencia de la libertad de expresión y el trabajo honesto y eficiente del periodismo y las empresas que los sustentan puede validarse la historia personal de todos y cada uno de los actores de la política.
Puede y debe saberse el derrotero de cada uno, sus pensamientos, sus dichos, sus actos, cómo han conformado su patrimonio, cómo viven, quiénes les rodean, quiénes les brindan atenciones y sustentan sus movimientos y estructuras de servicios. Quienes pretenden ejercer cargos públicos deben asumir la transparencia de sus vidas a fin de que no quepan dudas de su equilibrio, integridad e independencia. Es imprescindible saber que sus acciones estarán orientadas al servicio del bienestar de la comunidad y no al beneficio propio o de grupos en particular.
Desde esta columna propusimos, meses atrás, que todo candidato debería rendir cuentas del origen y cuantía de su patrimonio junto al presupuesto de ingresos y gastos personales/familiares en el momento de presentar su candidatura. También señalamos la necesidad de que en tal momento exprese el importe de retribución que demandará para el ejercicio del cargo en caso de resultar electo. Resulta imprescindible que la comunidad conozca todo en la etapa de evaluación de los candidatos, previo a la emisión del voto. Las declaraciones juradas posteriores, cuya falsedad no está configurada como delito en las leyes argentinas, vienen demostrando que no sirven.
Necesitamos leyes inspiradas en las ideas recién expuestas que apunten a la generación de buenos dirigentes y que determinen un eficiente control del correcto ejercicio de sus cargos. Tales leyes requieren jueces independientes, sabios y probos que las hagan cumplir. Hoy impera en la gente la convicción de que la dirigencia política construye y alienta un sistema judicial que la proteja cuando se visibilicen sus actos sesgados por la búsqueda de los propios beneficios en detrimento del bien común.
Vivimos momentos de confrontación, confusión y frustración. El maniqueísmo ha copado la escena de la política. No hay propuestas que no se basen en la descalificación del adversario. Actores venales del periodismo junto a operaciones de manipulación de la opinión pública a través de las redes sociales hacen difícil el buen discernimiento de los ciudadanos a la hora de valorar candidatos. Crece en la población, principalmente en las nuevas generaciones, la sensación de carecer de representantes que asuman sus pretensiones de un futuro promisorio.
Urge la aparición de una nueva dirigencia talentosa, auténticamente inspirada en la vocación de servicio a las personas. Que sea austera a carta cabal. Firme en sus ideales y conciliadora. Empática y no demagógica. Capaz de unirnos tras un destino común y merecedora de nuestra confianza.
Con la valentía de dictar las normas que expulsen la corrupción y de alentar la conformación de una justicia que le dé vida a las mismas. Que haga de los partidos políticos escuelas de formación, de estudio severo de la realidad, de entrenamiento en el dominio de las nuevas tecnologías puestas al servicio de la formulación de propuestas para el bienestar de los pueblos y de la conformación de equipos capaces de gestionar con eficiencia los asuntos públicos. Que abrace los conceptos de división de poderes y de periodicidad de los mandatos.
En todos y cada uno de nosotros está la responsabilidad de allanar los caminos para el surgimiento de la nueva dirigencia. Todos debemos esmerarnos en tener en claro los atributos que debemos exigir a quienes nos dirigen, en ser bien informados por buenos informantes y ser severos en el discernimiento a la hora de emitir nuestras opiniones y nuestros votos.
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