Editorial
13/03/2026 | 10:08
Redacción Cadena 3
El fútbol nació como deporte en Inglaterra a mediados del siglo XIX y ha tenido una fantástica evolución, que en menos de dos siglos lo ha convertido en un espectáculo pasional, de severa profesionalidad, de multitudinaria convocatoria y de práctica universal. Hay quienes lo califican como la primera experiencia cultural global. Un fenómeno singular en la historia de la humanidad.
Su atributo pasional es el que ha jugado un rol muy importante en su acelerada expansiva evolución. Un aspecto este que merece el análisis de psicólogos y sociólogos, pero por el que se explican un sinnúmero de curiosas, cuando no anómalas, situaciones.
Quienes disfrutan de un tipo de espectáculo suelen tener varios actores o artistas de su agrado y concurren alternativamente a eventos protagonizados por distintos personajes. En el fútbol, en cambio, y salvo raras excepciones, el espectador pasional (el "hincha") asiste al estadio o sigue por los medios de comunicación a su equipo, a "sus colores", con prescindencia del origen de los circunstanciales profesionales que lo integran y de la calidad o belleza del juego que despliegan. La pasión futbolera engendra marcas de gran valor por la magnitud numérica y la tremenda fidelidad de sus militantes.
La pulsión que mueve al "hincha" es ganar. A tal punto se verifica esta actitud, que se llegan a soslayar y bien ponderar acciones reñidas con las reglas del juego y sus buenas prácticas, pero que resultan útiles para alcanzar la victoria. La pasión futbolera solo quiere la victoria; lo demás es accesorio y funcional.
La masiva y global convocatoria y el elevado nivel de profesionalidad de los jugadores requieren costosas infraestructuras que naturalmente demandan la concurrencia de abundantes capitales. Estos capitales, obviamente, buscan su excelente retorno desplegando las más diversas formas de monetización, entre las que se cuentan los tickets y abonos para acceso a los espectáculos, los derechos de televisación, las más variadas modalidades de publicidad por un sinnúmero de formas y canales de comunicación, la formación de profesionales y la gestión rentada de transferencias de sus fichajes entre distintos equipos, el merchandising y las apuestas. Una paleta amplísima de actividades movilizadoras cada una de ellas de inmensas cantidades de dinero.
Es una actividad que se mueve en dos mundos distintos: el mundo de la pasión y el mundo de los negocios. Los militantes del mundo de la pasión, verdadero motor de la disciplina, aportan el atento y costoso seguimiento de sus equipos y demandan la victoria como única retribución. Los agentes del mundo de los negocios aportan capitales y demandan rentabilidad. Ambos caminan a la par, no siempre en armonía y gestando prácticas de marcada opacidad.
La génesis deportiva del fútbol determinó que este se organizara a través de asociaciones civiles sin fines de lucro, los llamados "clubes". Pero es rotundamente claro que tal modelo de persona jurídica no tiene la aptitud legal para convocar y retribuir adecuadamente a los capitales que la evolución del fútbol ha demandado.
Por complejas razones sociopolíticas se ha optado en numerosos países por un modelo híbrido e hipócrita, consistente en mantener la actividad futbolística profesional bajo la estructura societaria de asociaciones sin fines de lucro y, por ende, beneficiadas por exenciones fiscales, con dirigencias que se encargan de organizar en paralelo los negocios vinculados que convocan a los capitales necesarios y usufructúan de sus resultados.
Habitualmente estos negocios se mueven en la opacidad debido a que escapan al objeto social de las asociaciones sin fines de lucro, y son una fuerte atracción para la actuación de operadores audaces, capaces de movilizar capitales que circulan fuera del control fiscal de los Estados nacionales.
El mundo de la pasión sabe de la existencia del mundo de los opacos negocios. No solamente lo tolera, sino que llega a calificar la calidad de las dirigencias de las instituciones responsables de los equipos de sus preferencias, según estén o no dispuestos al aporte de capitales ("¡a ponerla!"). A la hora de elegir autoridades en los clubes esta variable suele ser definitoria. Gana el que mejor promete aportar o "allegar recursos de grupos amigos". Es obvio que, salvo algunas excepciones altruistas, los que "ponen", pretenden recuperar y obtener buena rentabilidad.
Es necesario separar en el fútbol el mundo de la pasión del mundo de los negocios, articulando su vinculación por normas precisas que aporten transparencia a las decisiones y clara trazabilidad de los flujos de dinero, evitando la conformación de poderes fácticos basados en la manipulación de voluntades mediante el uso de fondos que escapan de los controles societarios y fiscales, con el objeto de obtener suculentos beneficios personales para quienes se encaraman en esos poderes.
Debemos evitar que la estafa a la pasión y el desarrollo de opacos negocios que fugan recursos hacia otros destinos no permita un sólido y sostenido desarrollo de una industria del entretenimiento llamada a ser un importante generador de oportunidades de trabajo y exhibición de talentos. Todo ello, junto a la consolidación de las asociaciones deportivas, destinadas a cumplir un papel importantísimo en la educación en valores de nuestros niños y jóvenes.
La pasión actúa obnubilada, según su propia esencia, y no podrá hallar la salida. Los operadores de los negocios opacos bregarán por mantener el statu quo que los sostiene. La dirigencia política tiene la palabra.
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