Javier Milei, junto a su hermana Karina, durante el acto del 25 de Mayo. (Foto: NA)

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La Patria no cabe en una foto de facción

25/05/2026 | 12:37

El Tedeum dejó una postal de abrazos, ausencias y advertencias: la unidad nacional no puede confundirse con uniformidad política.

Redacción Cadena 3

Sergio Suppo

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La Patria no cabe en una foto de facción | Por Sergio Suppo

Hay gestos que, en política, dicen más que los discursos. Por eso fue pertinente detenerse en los abrazos del presidente Javier Milei durante el Tedeum del 25 de Mayo. El saludo con Jorge Macri tuvo valor propio porque contrastó con la frialdad del año anterior, cuando ni siquiera le había dado la mano. También tuvo lectura política el abrazo posterior, en el balcón de la Casa Rosada, con Santiago Caputo y Martín Menem, dos nombres centrales en la interna oficialista.

Pero el dato verdaderamente relevante no estuvo solo en los cuerpos que se acercaron, sino también en las sillas que quedaron vacías. Y allí la homilía del arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, funcionó como un espejo incómodo para toda la dirigencia argentina.

García Cuerva está bajo sospecha permanente de una parte del oficialismo, que suele leer cualquier palabra de la Iglesia en clave de alineamiento político. En esa jerga interna, muchas veces maniquea, ser “francisquista” equivale a ser peronista o kirchnerista. Es una simplificación burda. Y, como toda simplificación burda, sirve más para descalificar que para entender.

Lo cierto es que el arzobispo no hizo una bajada de línea kirchnerista. Hizo, en todo caso, un llamado político y moral sobre ausencias profundas de la Argentina: el bien común, el diálogo, la amistad social y la esperanza. Esas palabras pueden ser leídas como una crítica al Gobierno, claro, porque quien gobierna tiene siempre una responsabilidad mayor sobre el clima público. Pero también interpelan al conjunto del sistema político, empresarial, sindical, cultural y social. García Cuerva pidió “una clase dirigente que se anime al diálogo” y reclamó dejar de alimentar la polarización.

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La ausencia más evidente fue la de la vicepresidenta Victoria Villarruel. Protocolarmente, correspondía invitarla. Que esté enfrentada con el Presidente no elimina su condición institucional: es la segunda autoridad de la Nación. La decisión de no convocarla al Tedeum no fortalece al Gobierno; lo empequeñece. Según se informó, la invitación formal dependía de la Secretaría General de la Presidencia y desde el Senado confirmaron que Villarruel no había sido invitada.

Pero el problema es todavía más amplio. Un 25 de Mayo no debería ser una celebración de parte. Debió estar representado el conjunto de la vida pública argentina: los presidentes de bloques opositores, las cámaras empresarias, las centrales sindicales, los movimientos sociales, referentes de la cultura, del deporte, de la ciencia y de la educación. Todo eso también es la Argentina. Todo eso compone una patria diversa, plural, muchas veces contradictoria, pero unida por una pertenencia común.

Jorge Luis Borges escribió alguna vez una frase luminosa: “La patria no es nadie, pero somos todos”. Esa idea sirve para pensar lo que ocurrió. La patria no puede ser apropiada por un gobierno, por una oposición ni por una facción. La patria no entra completa en una foto oficialista ni en una liturgia partidaria. Mucho menos en una ceremonia donde algunos son invitados y otros excluidos por razones de interna.

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Tampoco esta mezquindad empezó ahora. Durante los años del kirchnerismo, muchas celebraciones del 25 de Mayo dejaron de ser fiestas patrias para convertirse en fiestas partidarias. La fecha se mezclaba con el recuerdo de la asunción de Néstor Kirchner, ocurrida el 25 de mayo de 2003, y Cristina Kirchner solía convertir la conmemoración nacional en un homenaje político propio. No se celebraba tanto la Revolución de Mayo como la identidad de un espacio. Eso también fue confundir patria con partido.

Por eso el llamado de García Cuerva tiene profundidad. No reclamó uniformidad. Reclamó unidad. Y no son lo mismo. La unidad democrática supone convivir con diferencias, aceptar desacuerdos, reconocer legitimidad en el otro y entender que nadie está obligado a pensar igual. La uniformidad, en cambio, es la pretensión de un pensamiento único. Es una tentación autoritaria, aunque se la disfrace de eficiencia, épica o pureza ideológica.

La homilía tuvo otro pasaje particularmente fuerte: el señalamiento contra los odiadores, los “haters” y el “terrorismo de las redes”. García Cuerva cuestionó a quienes descalifican y difaman desde la comodidad de una pantalla, una referencia que resonó especialmente en una política argentina atravesada por la violencia verbal digital.

Frente a él estaban dirigentes que conocen muy bien ese ecosistema. Martín Menem ocupaba un lugar central. Santiago Caputo, jefe de la comunicación digital del Gobierno, también estaba en la Catedral. No sé si escucharon al arzobispo. Tal vez sí. Tal vez no. Algunos parecían más atentos a los frescos del techo que a las palabras que se pronunciaban desde el altar.

Y, sin embargo, esas palabras importaban. Porque el 25 de Mayo no debería ser apenas una ceremonia, ni una postal, ni una puesta en escena de unidad interna. Debería ser una oportunidad para recordar que la Argentina no se construye expulsando al distinto, ni reduciendo la patria a los propios, ni confundiendo liderazgo con aislamiento.

Los abrazos sirven. Las fotos ayudan. Pero la unidad nacional se mide, sobre todo, por la capacidad de invitar también a quienes incomodan.

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