Siempre que se tiran nombres de futbolistas, como de actores y hasta políticos preferidos, uno denuncia la edad. Y al menos para quien esto escribe no está nada mal.
Es bueno mientras no se camine por el sendero que transitan algunas viejas glorias de determinada actividad, para quienes si no lo hicieron ellos, no sirve y mucho menos en el presente, esto es en lo que resultó su futuro.
Soy nacido en el 57, por lo que ocurrió en los finales de los sesenta y todos los setenta lo viví con gran intensidad. El cine que vi todas las semanas en las viejas y enormes salas, los primeros programas en la televisión incipiente, las ilusiones revolucionarias de aquí y más allá con el deseo de hacer mas justo al mundo. Y el fútbol.
Pelé en blanco y negro y revistas y la leyenda de Distéfano en España. Los preferidos de los papás de nosotros: el Charro Moreno, Antonio Sastre, Adolfo Pedernera y otros.
Soy de los tiempos del Beto Alonso y de Ricardo Bochini, de Gatti y Fillol.
Y fui contemporáneo también a Mario Kempes. Y a Maradona.
A Diego no le encontré jamás una explicación desde mi experiencia como mal jugador de fútbol. Porque los que hemos jugado cada siesta de la vida, cada sábado, cada campeonato de ligas locales o en el potrero más cercano, sabemos que lo de Diego fue sobrenatural. Un baño de alegría en las canchas, con triunfos y vueltas olímpicas desde los poderosos Boca, Barcelona y la Selección Argentina y hasta el humilde Nápoli.
Mientras usted va leyendo, sabrá que voy a nombrar a Lionel Messi.
Para todo lo que opaca el brillo de lo amado, hay una cierta resistencia y mucho más en un país de blancos y negros, de antinomias permanentes, de sí o no, de rubias o morochas. En un lugar donde cada vez hay menos debate y el facilismo de estar a favor o en contra sin fundamentos es la cueva de los mediocres.
Estoy seguro que Messi no opacará jamás a Maradona. Pero siempre esperé pruebas (a lo mejor demasiadas) que me ratifiquen la idea de que podíamos estar realmente ante uno de esos integrantes del podio celestial del fútbol.
Y sin que haya sido definitivo ni mucho menos, el juego y los goles de Lionel ante Brasil en EE.UU. el sábado me hicieron cosquillas en la panza.
Las mismas que me generó Kempes, las de Diego y hasta la de algunos nombres de menor cuantía que han vestido casacas amadas.
A mi me parece que más allá de botines de oro y campeonatos con el impresionante Bercelona, Messi tenía que mostrar el ADN del país de origen.
Y después de una Copa América insulsa en donde los documentos seguían siendo ajenos al sentimiento fuerte del hincha, un impulso en su juego con la camiseta nacional, colocó casi pardas la admiración a lo lejos con el corazón ansioso de sentirlo propio.
El sábado por primera vez sentí a Messi como propio. Algunos pensarán que llegué tarde. Me obstino en gozar del encuentro entre este periodista-hincha y "la Pulga".
Y que la llamita que se prendió en mi alma futbolera no se apague.
Que dure como dura todavía la de Mario Kempes o la de Diego Maradona.
Hay lugar para los magos. Y parece que Messi era argentino nomás.