Es un clásico. Las discusiones sobre problemas de género comienzan con un tono humorístico y a los cinco minutos se transforman en una pelea en el barro donde lo más significativo es la completa ausencia de reglas. Por estos días es obligatorio hablar del Mundial, de la noche a la mañana, en serio y en broma, con ansiedad y sin pausas.
Después de intentos vanos por discutir otros temas llega el momento en que aun los más remisos se entregan y lo aceptan como asunto excluyente. En esta etapa no es raro encontrar publicaciones pretendidamente serias que incluyen consejos dirigidos al público femenino que parecen salidas de la pluma de Peter Capusotto o Yayo Guridi.
Han visto la luz notas que aconsejan “interiorizarse de algunos secretos del juego para poder compartir con su pareja un comentario inteligente sobre el desarrollo del match”. Vamos amiga, no sea tímida, anímese, róbele algunos minutos al sueño para leer ese artículo esclarecedor que enalteció la doble página central de El Gráfico tres décadas atrás en el que el entonces técnico del seleccionado nacional, César Luis Menotti, explicaba los secretos de la trampa del off side.
No tenga dudas, su marido/hijo/padre/hermano le responderá con una mirada aprobatoria cuando en el momento menos pensado irrumpa en el centro de la escena con un comentario ocurrente y certero del tipo “me da miedo que apelemos permanentemente al achique, sobre todo si Gabriel —nada de Heinze, menciónelo por el nombre como si fueran amigos— continúa tan desatento... Mirá que si queda enganchado, somos boleta”.
Si todos los días hombres y mujeres ven juntos o separados básquet, fútbol, series, telenovelas y noticieros, por qué cada cuatro años tiene que salir un grupo a plantear que el mundial es cosa de machos y otro a disputar una silla frente al televisor sin invocar el placer de mirar el partido sino una suerte de derecho a compartir ese oscuro objeto del deseo que se rechaza tanto como se anhela.
En el bar o en la casa eso siempre ha estado resuelto, pero en el discurso que uno escucha en la radio y en la tele aparece una suerte de cuestión perruna, de marcar terreno en torno de la pantalla y deportar a lo que se considera elemento foráneo. Los festejos multitudinarios en las calles reúnen como ningún otro acontecimiento a hombres, mujeres, niños de cualquier clase y condición pero parece que durante los 90 minutos del partido surgieran cuestiones atávicas y diferencias que hay que defender como si estuviéramos en la Edad Media.
Esa concepción tiene pocos o ningún punto de contacto con la realidad que muestra cada semana tribunas llenas de hombres y mujeres en cualquier categoría del fútbol nacional y mundial. Es difícil de entender tanto el esfuerzo por marginar al público femenino como la batalla por reclamar participación en un tema que no interesa.
No estaría nada mal tampoco abandonar por una vez esa ideología berreta de publicidad de jabón en polvo y dejar que una mujer decida libremente si quiere ver el partido, una película o tirarse a dormir una siesta a deshora sin correr a nadie con el decálogo del auténtico machista que, o reclama una tarea doméstica o se permite ofrecer dinero para una excursión con amigas al shopping. ¿Existe algo más estúpido e improbable que esa mixtura boba entre Sex and the city y la filosofía tanguera?
Tamaño despropósito sólo puede compararse con cierta mentalidad cuasi chantajista del otro lado, que recibe alegremente la extensión de la tarjeta de crédito y parte hacia algún paraíso del consumo como si el living de la casa fuera el escenario de una guerra que se niega a presenciar.
Tengamos el Mundial en paz, esperemos que nos dure hasta el último día y que sea una fuente genuina de alegría. No vale la pena matar la ansiedad del debut con consignas fundamentalistas. Es una fiesta y hay derecho a participar o a no hacerlo, sin agresiones. Cómo dice el mejor aviso que hay sobre el mundial (TyC) la pasión por el fútbol es cultural. La guerra de los sexos frente al televisor es una mala caricatura de un encontronazo de barras bravas.
Y una última cuestión. Casi no falta nada, ya empezó la cuenta regresiva. Por favor, por esta vez que a ningún genio de la producción periodística se le ocurra mandar un cronista a la plaza a cazar mujeres al grito de “¿sabés que es un off side?”. Y si eso no es posible —en algún lugar debe estar escrito que hay que preguntarle eso a una mujer— incluyan en la encuesta a un par de varones de voz aguardentosa y reglamento bajo el brazo. Gracias.