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25.07.2014   El Clima  Usuarios

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Adjetivos descalificativos
Los apodos suelen nacer en la primera infancia y casi siempre son producto del afecto. Importa poco que los padres hayan celebrado maratónicos debates durante 9 meses, destinados a elegir el nombre perfecto para el heredero ,si después, cuando está en la cuna, llega la abuela, lo mira, decide que es el vivo retrato de un tío lejano y lo rebautiza como "Tito".

Cuando el chico puede movilizarse por sus propios medios e ingresa a la escuela tiene ocasión de recuperar el nombre original, de reforzar el apodo familiar o adquirir el nuevo que le tiene asignado el compañero más imaginativo. Si el niño en cuestión tiene la fortuna de manejar con habilidad sus piernas el sobrenombre puede ingresar al olimpo de los deportistas y relegar definitivamente el nombre a los trámites judiciales.

Así como el cariño suele ser la motivación de la mayoría de los apodos, la necesidad de intimidar sirve para explicar los alias que pueblan las páginas policiales. Porque una cosa es renombrar a la gente amada y otra muy distinta designar a la que se detesta.

En los 90, el diario Ambito Financiero encontró la forma perfecta de maltratar a los líderes de media docena de los gremios más importantes del país y solucionar, simultáneamente, un problema de titulación. Dicen que la idea fue de Roberto Ramos, el hermano de Julio –el ya desaparecido fundador del matutino– y que le dio forma definitiva el secretario de Redacción, Roberto García.

De la noche a la mañana los sindicalistas se convirtieron en Los Gordos. La fundamentación no se reduce a una palabra, por supuesto, y sus impulsores se animan a cambiar de argumento según pasa el tiempo.

Lo de "Gordo" describe, según explican, sindicatos nutridos, de mucho peso, de miles de afiliados.

En los hechos permite descalificar alegremente y regodearse en un calificativo que huele sospechosamente a insulto. Lo que surgió de Ambito Financiero, un medio con una clara postura antisindical, fue asumido como propio por todo el espectro de la prensa argentina e internacional –también los diarios españoles hablan con frecuencia de Los Gordos– y por estos días Clarín, La Nación, Página 12, Crítica, Infobae y la mayoría de los portales informativos, incluido el de Cadena 3, se ocupan profusamente de los reclamos de Los Gordos, de su arremetida y de que le ganaron la pulseada a Hugo Moyano.

No todos, es verdad, pero muchos llegaron al éxtasis al referirse a la disputa entre "Los Gordos y El Negro". Es difícil defender ante la sociedad a dirigentes que medio mundo percibe como burócratas y el resto sospecha de corrupto, pero no hay duda que si el problema es ése debería mencionárselo con todas las letras y dejar de descargar desprecio e imputaciones solapadas a través de un mote. Porque lo de gordo sirve a diestra y siniestra, y ahora parece tener la categoría de verdad universal.

Los que históricamente han despreciado a las organizaciones gremiales tienen el apodo a mano para confirmar su opinión y los que vienen bregando por un sindicalismo democrático y combativo se arrogan la libertad de usarlo para acentuar una descalificación que supuestamente tiene otro origen.

Lo increíble es leer las páginas de agrupaciones marxistas y trotzkistas, o peronistas de izquierda usando para sus adversarios el apodo que impuso Ambito Financiero. Deberían saber, al menos, que atacan al rival con las armas del enemigo y que esas granadas pueden terminar explotando en el propio campo.

Los que sucumben rápidamente al facilismo de hablar hasta el cansancio de Los Gordos probablemente se negarían a titular con "los negros que habitan la Casa Blanca" o, un poco más cerca, evitarían referirse a "los chanchos" para mentar a los integrantes de la Sociedad Rural que hacen de la comercialización del cerdo una de sus principales fuentes de ingreso.

Contra los muchachos de los gremios se puede decir cualquier cosa. Siempre harán alguna de las suyas y así podremos justificarnos. Con ellos está permitido tomarse un recreo del respeto.
Tags: Gordos,CGT

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