Esta vez, los cordobeses celebramos la semana del vecino a toda orquesta. Parte del crédito habrá que dárselo a un puñado de enjundiosos empleados municipales que, en lugar de paralizar sus tareas, optó por una singular protesta
a la japonesa.
Sin reparar en que su aporte fuera horario no será recompensado a fin de mes, multiplicaron su afán de
servir a los vecinos.
Inundaron algunos sectores de la ciudad, por caso, con ríos de agua
servida. Según admiten los funcionarios, con algún trabajo especial sobre el sistema de cloacas.
En unos cuantos barrios, agentes municipales –según señalan desde el Palacio 6 de Julio–sorprendieron a los enamorados con un juego de penumbras, propicio para que liberen sus pulsiones románticas a cubierto de molestas luminarias.
No todo fue ostentación de hiperactividad. La generosa desaparición de los inspectores de nuestras calles fue otra contribución positiva.
De su mano, tan invisible como la del mercado, florecieron los
microemprendimientos en la Peatonal y en la Plaza San Martín (ver
Corazón elegante de mi docta ciudad…). Aunque es un primer envión. Para consolidar esta respuesta espontánea a la crisis, los funcionarios políticos deberán abstenerse de aplicar en adelante –como se abstuvieron en gran parte de la gestión– el
opresivo sistema de control estatal.
No faltó el arrebato de algún joven funcionario político que intentó ahogar la libre expresión de las fuerzas del mercado, clausurando un carrito choripanero en nuestra plaza mayor. La eficaz respuesta del microemprendedor fue espontánea: le vació sobre el traje el frasco de chimichurri que ya no podría utilizar con fines productivos. “El sol debe salir para todos”, fundamentó.
El improvisado inspector tuvo una reacción destemplada. Pidió castigo policial para el choripanero. Por fortuna, la numerosa fuerza del orden desplegada en el lugar mantuvo inalterable el cumplimiento de la misión asignada: custodiar a pie firme a quienes sólo defendían con vehemencia la
libertad de comercio.
La agitación del tránsito en las calles del centro fue un
canto a la libertad. Sin la estridencia del silbato represor ni zorros de lapicera veloz para agotar talonarios, los automovilistas liberaron su capacidad creativa. Para encontrar el recorrido más desafiante o el lugar de estacionamiento menos convencional.
También los trabajadores del transporte agrupados en AOITA sumaron su expresión imbuida del
espíritu libertario de este junio cordobés. Desacataron la conciliación obligatoria en el conflicto con FETAP y, en una fuerte señal de
autodeterminación, impusieron su ley en el servicio interurbano y en el
territorio liberado que conquistaron en varias cuadras a la redonda de la Terminal.
Conductores experimentados, eludieron con presteza los débiles –hay que admitirlo– intentos coercitivos de los poderes públicos.
Claro, nada se construye sin sacrificio. El precio de tamaña
celebración de la libertad (¿o anarquía?) es el renunciamiento forzado, por parte de los vecinos que no participan de la
fiesta, al derecho elemental a una convivencia civilizada.
Los transgresores, y los funcionarios responsables del descontrol, nos facturan ese
costo con el máximo rigor.