¿Volveremos al casillero inicial? El fantasma del 2001 irrumpió, en los últimos meses, en cadenas de mails y papers de ciertos gurúes financieros. Allí el presagio es que los Kirchner terminarán estrellando la nave y la economía volará en pedazos.
Ahora es el matrimonio presidencial quien alerta que tamaña maldición recaerá sobre los argentinos si les dan la espalda en las urnas. Aquí el mensaje es que sólo ellos pueden evitar el naufragio.
¿La economía argentina está de verdad coqueteando con la hecatombe?
Mejor que en 2001
Los pilares del equilibrio macroeconómico están mejor que en los días previos al colapso de 2001:
Aún perdura un relativo equilibrio fiscal, que contrasta con la monumental cesación de pagos de entonces.
Hay superávit comercial (1.300 millones de dólares en marzo). Todavía exportamos más de lo que importamos.
Es significativamente mayor el stock de reservas del Banco Central (unos US$ 40.000 millones).
El dólar no está lejos del punto de equilibrio, coinciden los analistas. En 2001 se acumulaba un enorme retraso cambiario, que terminó en devaluación salvaje.
Peor que en 2007
Pero el cuadro es notoriamente peor que en 2007, el año en el que las principales variables comenzaron a declinar.
Las cuentas públicas se debilitan. En marzo la caída interanual del superávit primario superó el 60 por ciento, pese al aporte extra de unos mil millones de pesos mensuales que antes iban a las AFJP. Y la brecha tiende a ampliarse, porque la recaudación nominal crece al 15 por ciento y el gasto al 30.
El superávit ya no alcanza para cubrir los intereses de la deuda pública. Descontadas esas obligaciones, el resultado financiero de marzo fue negativo. Arrojó un déficit superior a los 700 millones de pesos.
Con los mercados voluntarios de crédito cerrados, el gobierno raspa la olla de diferentes organismos públicos (Anses, AFIP, Superintendencia de ART, fondos fiduciarios, bancos oficiales) para cubrir los servicios de la deuda. Este nuevo pasivo del Tesoro creció de manera exponencial en los últimos años. Según una investigación del economista Nadín Argañaraz, hoy llega a 23.500 millones de dólares, un 200 por ciento más que en diciembre de 2003.
Disminuye el saldo comercial externo, y el superávit se explica por una fuerte caída de las importaciones, inequívoco signo de recesión. El valor de las ventas al exterior se redujo un 15 por ciento en marzo y el de las compras un 30 por ciento.
Las reservas del Banco Central han comenzado a erosionarse. Ante la caída del ingreso de dólares de exportación, el sostenimiento de las reservas depende cada vez más del crédito de organismos internacionales y de la renta de colocaciones financieras. Los 2.500 millones de dólares que aportará el FMI, tras la ampliación de capital resuelta en la última cumbre del G-20, aportarán una apreciada cuota de oxígeno financiero.
Con menor oferta –por caída de exportaciones– y demanda sostenida por los temores de los ahorristas, hay además una creciente presión sobre el dólar. Desde el 20 de febrero el Banco Central debió vender unos 2.000 millones de dólares para evitar una devaluación brusca provocada por el mercado.
Estrategia de alto riesgo
Cualquiera sea el resultado electoral, el deterioro de la economía real proyecta mayores complicaciones para el segundo semestre: profundización de las tendencias recesivas y de los problemas de empleo, persistencia de tensiones inflacionarias y salariales.
Alguna vez Menem probó que agitar escenarios apocalípticos puede reportar votos –está por verse si éste es el caso–. Pero acentúa la incertidumbre, que provoca fuga de divisas, afecta al consumo y paraliza la inversión. La sabiduría popular recomienda no hablar de la soga en casa del ahorcado.
Cavar trincheras políticas tampoco ayuda. Casi todas las previsiones indican que –aunque ganara– al oficialismo le resultará cada vez más difícil sacar leyes del Congreso sin negociar. En la Argentina que viene, el diálogo está llamado a ser el nuevo nombre de la gobernabilidad.